Aquel pequeño catecismo de mi infancia lo tenía muy claro: «Para hacer una buena confesión son necesarias cinco cosas: examen de conciencia, dolor de corazón, propósito de la enmienda, decir los pecados al confesor y cumplir la penitencia». Hoy día este ‘ripaldilla’ es aplicable al emergente tema de los ‘indultos’ que puede convertirse en un auténtico tsunami que se lleve por delante a más de uno, incluido al mismísimo Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España. Oriol Junqueras, el principal encausado, es un católico de ‘pro’ y él lo tiene clarísimo: no quiere ser indultado, sino amnistiado que es cosa bien distinta, y es por ello que ha prometido que volverá a hacer lo mismo que hace unos años, traquetear la Constitución que nos dimos todos los españoles. El Tribunal Supremo de Justicia ha aprobado que los indultos que pretende otorgar el Consejo de Ministros son ilegales y que no se atienen a la auténtica verdad de los hechos. Lo que pretende Sánchez es perpetuarse en el poder, para ello necesita de la mayoría que aprobó su investidura y que, principalmente, se asienta en los grupos independentistas que lo sostienen en el Congreso de los Diputados, léase Esquerra Republicana como principal fuerza política y ese conglomerado que abarca desde ‘el hombre de Teruel hasta la chavalería de Bildu’. Pero no engaña a nadie, lo dice y presenta de forma inmutable al tiempo que proclama, sin empacho alguno, el espíritu vengativo de todos aquellos que desean que no existan indultos para aquellos que no se arrepintieron de lo que perpetraron.

Mientras esto ocurre, el nuevo presidente de la Generalitat, señor Pere Aragonés, engrasa con precaución sus nuevos movimientos, el PP amenaza con un tsunami político y los podemitas -que siguen existiendo- juegan su última baza. Y ella, la Constitución, confía en que alguien la modifique.