Manuel Azuaga es casa y piel. Manuel Azuaga es mi amigo y siento una admiración especial por él y un orgullo al alza. Manuel acaba de publicar un libro, ‘Cuentos, Jaques y Leyendas’, y le debo esta columna. Manuel es abrazo, risa y una buena conversación al borde de un café, puente y hermandad, un mapa, una brújula y un consejo con sonrisa antes de subirme al coche, ya digo casa y piel, una casa a la que recurro y acompaño, una piel que además de recubrir, entrega, y expone lo mismo que protege.

Manuel Azuaga, cuando lea esta columna, tendrá cierto pudor y su poquito de sorpresa, y ahora sonreirá, y espero que cuando todo pase, la columna digo, y el libro, y lo demás, la vida, qué sé yo, quede algo parecido a una sólida base de orgullo, amistad y buenrrollo, como el primer día, y aquella manera de andar, castiza, a lo Richard Ashcroft, serpenteante por las estrechas calles de Ashila. Manuel es periodista, zahorí y experto especializado en la didáctica del ajedrez y en la aplicación del noble juego en los diferentes estratos sociales. Manuel, ahora y también, es escritor.

Manuel Azuaga ha escrito un libro que es un compendio de muchos años de trabajo e ilusión. Me consta. Manuel que escribe con el rigor de un orfebre, tal y como vive, ha recopilado algunos de sus artículos en el Diario SUR, dedicando cada capítulo a un personaje relacionado con el ajedrez: Morente, Unamuno, Nabokov, John Wayne, Che Guevara, Sonja Graf... ‘Cuentos, Jaques y Leyendas’ es un brillante catálogo de relatos en blanco y negro, de vidas fabulosas y literarias, trenzadas por la pasión, por la obsesión casi siempre, y por el afán creativo del que se dedica en cuerpo y alma al maravilloso mundo del ajedrez. Un libro imprescindible para entender que este milenario juego-ciencia es como la vida porque la vida es una partida de ajedrez.

Manuel y yo hacemos, desde hace años, un programa de radio que trata sobre ajedrez. El Rincón del Ajedrez es una locura poderosa, adictiva y divertida, que empieza con The Strokes y que suma más de 160 capítulos, con oyentes en más de 80 países del mundo. Nunca pensamos que nos escucharían con devoción en Sudamérica y ya ven. Todo empezó con un café, otra vez, lo cuenta Manuel en su prólogo, aunque no fue tal y como lo cuenta, él habla de «afán sincero de orgullo». Nunca dije eso. Ahora Manuel, al leer esto, vuelve a sonreír. El caso es que empezamos y Azuaga me abrió las puertas de un mundo maravilloso: «un programa de ajedrez que, en verdad, va sobre la vida». Me contó aquellas historias y ahora ya son de todos, ya tenemos el libro y yo que lo celebro.

Azuaga siempre ha querido contar historias. Recuerdo cuando Manuel aún tenía su anterior trabajo, embrollado en su «rutina kafkiana», como dice él, y me metió en un despacho para pasarme, como el que pasa droga, un cuento manuscrito. “¿A ver qué te parece?”, me dijo, y yo sorprendido, por la generosidad y la osadía, supe que nos habíamos hecho amigos. A Manuel le gusta contar historias y escribirlas como deben ser leídas, o sea de manera pausada, a sorbos lentos como un buen café al borde de un buen amigo. Manuel, que escribe muy bien, qué rabia da todo lo que hace, ¿verdad?, hace que el ajedrez sea un cuento y un tesoro.

Manuel Azuaga, que es Richard Ashcroft paseando por Ashila, que yo lo vi en aquel viaje que hicimos por el norte de Marruecos, ha escrito un relato sencillo y fantástico, prologado por el GM, Miguel Illescas, que funciona a tragos breves o en su totalidad y que no necesita, amigo lector, que usted conozca las reglas del noble juego. Un buen puñado de historias personales y extraordinarias, porque si las sabes contar bien todas las historias personales son extraordinarias, mezcladas con cine, música, política o fútbol. Insisto: es ajedrez pero, en verdad, esto va de la vida, de personas, de nosotros.

Dice Azuaga que dice Juan Mayorga, premio Nacional de Teatro y letra de la RAE, que «el cerebro de un ajedrecista es el mayor espectáculo del mundo». Tirando de ese hilo, Manuel se mete, como un zahorí sediento, en el cerebro de un buen puñado de tipos geniales, jugadores insólitos y arrebatados por la pasión, y nos abre las cortinas de esas partidas para que disfrutemos del mayor espectáculo del mundo, o sea de sus cerebros, de sus vidas excepcionales trufadas de ajedrez y delirio. Lo dicho: Cuentos, jaques, casa y piel. Jueguen un rato, disfruten, escuchen o lean el siguiente cuento, queridos lectores, que Azuaga ya empieza.