Regresa este manojillo de palabras para beberse la calle con prudentes tragos y no sucumbir a los ataques disfrazados de debilidad que acomete la incertidumbre persistente. Todavía no es verano. Aunque cada vez sean más los aviones que atruenan en el cielo consumista del Plaza Mayor, la segunda residencia comience a ser un estado de ánimo o ya se hayan contado -antes de que aparezcan- todos los turistas que nos acompañarán durante el trimestre cumbre del ritual de sol y playa mediterráneo.

Quien se aferre al revulsivo que sirve de antídoto al agotamiento pandémico y se crea que los cambios de estación se llevan a cabo cuando uno quiere, habrá caído en la trampa.

En cualquier momento, puede volver a producirse un desprendimiento de maquillaje en las montañas letales y cotidianas que han ido amasando las matemáticas del coronavirus.

Abrigada por este almanaque primaveral que no se quitará el sayo hasta el 40 de mayo, la actualidad tampoco derrocha un pulso estival. El sol no brilla todavía en los telediarios. Un bucle catódico se enreda en un baile de intereses y confrontación, mientras empaña el canto a la esperanza que entona la vacunación masiva.

El ruido de sables y de siglas ha disparado el volumen del tocadiscos aunque las fronteras hayan enmudecido ante el llanto que soporta en sus ojos la inocencia de los niños.

Por desgracia, lo acontecido desde los albores del aciago 2020 no ha servido para atenuar esa politización de cada resquicio de vida que cierta élite le impone al pueblo votante.

Por mucho que perdamos la cuenta de las cosas que ha cambiado el virus, en el horizonte siguen encaramados ciertos tics de antaño que resisten bajo la vigente lluvia de desinfectante. Si la pandemia nos ha convertido en mejores criaturas, que baje Dios y lo vea.