Lunes. Juego al pádel muy temprano. Gafas de sol, no obstante. Y gorra, que el sol no entiende de condescendencia y luego me abraso. Mascarilla. Sí, mascarilla. Los demás la llevan. Me ahogo pronto, claro. Mira que son ganas de empezar la semana cansado. Faemino y Cansado. Intento hacer un par de largos en la piscina pero el frío, la prisa, el mono de café y periódicos y la, digamos, forma física mediocre imponen un rápido baño vivificante, dos blasfemias a causa de la frialdad del agua y veinte o treinta brazadas torponas. En las duchas hay una improvisada tertulia política y me apuesto conmigo mismo un desayuno a que soy capaz de intervenir y meter la palabra ‘vocinglerío’ en la conversación. Pero no hay manera. Camino hasta el Bilmore para cafetear. Ah, «la feliz hora de los caballeros desayunantes», que decía González Ruano. Para cafetear, comerme un buey con habas si me lo pusieran y por curiosidad de ver la placa que en recuerdo de la tertulia que allí tenía Pérez Estrada los miércoles ha colocado el Ayuntamiento. Busco una foto que el poeta Pepe Infante puso en Facebook de una de aquellas citas y lo reconozco a él, a Juvenal Soto, Félix Bayón, Domi del Postigo, Antonio Soler, etc. Esa tertulia tiene un libro, igual que lo tiene aquella que se celebraba en el María alrededor de Manuel Alcántara. Por ejemplo. Camino hacia el centro con el sol a la espalda. A lo mejor vuelvo el miércoles a mediodía, por si está el espíritu de la tertulia, el imaginario resonar de los abrazos, el ruido de vasos, los versos y ángeles, las metáforas juguetonas, el vino que suelta la lengua.

Martes. Cristóbal Montilla entrevista en este diario a Manuel Gavira, nuevo portavoz de Vox en el Parlamento andaluz. De pronto, en una respuesta, perla: «Yo me río poco».

Miércoles. Una periodista de El Faro de Ceuta da para Canal Sur una crónica. Me alegra mucho de que ese periódico (la referencia periodística en la ciudad) esté disparando su notoriedad, aunque sea por una desgracia. En el Faro de Ceuta trabajó casi toda su vida como linotipista mi abuelo. En él se inició como periodista mi señor padre. Hace muchísimo que no voy a Ceuta aunque recuerdo muy bien muchos de sus rincones; es una ciudad muy agradable, llena de encanto, andaluza a su manera, con unos restaurantes y playas excelentes. Tengo ganas de tomar el aperitivo en el bar del hotel La Muralla, de visitar la calle que allí lleva el nombre de mi abuelo, de pasear por la Gran Vía o subir a ver la inmensidad del mar y el verdadero significado de la palabra Estrecho.

Jueves. Boquerones a la plancha. Excepcionales. En el Mesón Santiago, en la calle Correo Viejo, hay un género magnífico y una familiaridad que recuerda a las honestas y alegres casas de comidas de toda la vida. Tomate picao, rape con ensaladilla de pimientos. Nos ponen de postre mango. Tras el café cortadito paseamos, pero mi amigo y yo somos sorprendidos por la lluvia y nos metemos en Luces. Pillamos en plena juerga a unas solapas, dos prólogos y diez portadas. Nos unimos sin desnudarnos.

Viernes. Lo contrario de moderar una mesa redonda sería exaltar una mesa cuadrada. Es esta sin duda una misión más divertida. Me entran ganas de formular preguntas impertinentes e imagino desnudos a algunos ponentes. Me llevo ideas valiosas, me cuelo en dos fotos, gorroneo café y sobrecitos de sacarina y cuento las veces que oigo la palabra evento. Departo con Juan Marín, consejero de Turismo, e interrogo sobre geopolítica al cónsul alemán, hombre versado y cordial. Departir es un verbo que estuviera como a punto de salir. Tras la jornada hay un interesante almuerzo en el Málaga Palacio, aunque lo interesante es la coctelería de la planta baja, donde se emplea con pericia un barman excelente. A ver si se van y me arreo un Margarita.