Tal cual. A Madrid llegamos ápteros y Fitur nos da alas, como esa bebida que se autoproclamara salvadora de la atimia, el decaimiento y el aburrimiento. Pero Fitur es más. Salvo las raras excepciones residuales que justifican sus reglas, Fitur es todo un colorido espectáculo tan importante por su naturaleza política y turística –y viceversa– como por todo lo que aporta a Madrid durante las deshoras de feria.

Fitur, desde mil novecientos ochenta y uno, viene siendo una especie de pase pernocta que justifica que después del fitureo, que es como el figureo, pero a la fitureña, uno, libremente, puede tomarse entre una y cien cañas sin toparse ni con su expareja ni con el esposo o la esposa del o de la acompañante puntual de ese día. Puede que la presidenta Díaz Ayuso con su ben trovata, ma mal spiegata consigna libertaria de su campaña, sin citarlo expresamente, hablara de Fitur cuando hablaba de libertad. Malas lenguas...

En Madrid durante Fitur más que el madrideo prevalece el fitureo, que es como el madrideo, pero al por mayor. A Dios lo que es de Dios: arraigar una necesidad en una actividad profesional tan próxima al epicureísmo como es la actividad turística no es un proceso nada complejo, pero aun así, chapó por Ifema que a base de cebar el yoismo de políticos puros, político-turísticos y turístico-políticos es la incuestionable beneficiaria de la mayor feria de las vanidades del universo conocido.

Cuando Fitur cierra sus puertas, el resto de Madrid las abre para que canitas y canas al aire revoloteen alrededor de la realidad del Madrid fiturero, que además de erigirse en espacio para la cháchara turística durante el día, de noche desinhibe el ánimo, potencia la autoestima, engorda la vanidad y refuerza el ego del personal. Lo dicho..., Fitur da alas.

Aunque aún no ha ocurrido, Fitur da para tanto, que ver a don Sebastián cantándole y contándole a don Hilarión aquello de «...hoy las ciencias adelantan que es una barbaridad...» mientas el Tercio Alejandro Farnesio de la legión desfila a ciento ochenta pasos por minuto, cantando El novio de la muerte por los pasillos fiturianos con su cabra vestidita de faena, no se me antoja irreal. Si no, tiempo al tiempo, y tiempo a doña Isabel...

A Fitur, cada año vamos a vaticinar cuánto de alto vamos a volar durante los próximos minutos, horas, días semanas y meses. Contar el resultado de nuestra ciencia nigromántica sin salir de casa no tiene chicha, ni da prestancia. ¿Cómo va a ser lo mismo presumir de ser quién la tiene más grande en Torremolinos o Lucena o Córdoba o Málaga que hacerlo en el recinto de Ifema, ¡oh, magno sancta sanctorum del turismo universal! Cómo bien supondrá, amable leyente, con lo de «más grande» me refiero a la razón pura que criticó Descartes por escrito. ¿A qué, si no, podría referirme...?

–Presidente, me han dicho que su primogénito se casa.

–Psss, baja la voz, tontín, no me revientes la noticia... Además de contar que he perdido tres kilos a base de comer cigalas, que mi presbicia ha aumentado y que se me ha caído la uña del pulgar del pie derecho por atentado de la oposición traicionera, lo de la boda de mi hijo también lo tengo en cartera para anunciarlo durante Fitur, que es donde hay que anunciar las cosas. Chico, ni te imaginas la agenda de novedades que llevo este año...

Dos pensamientos, uno de Mark Twain y otro de Albert Einstein, me acompañan desde hace años por la complementariedad recíproca que se aportan, cuando de comprender determinadas conductas del ser humano se trata. Mark Twain, socarrón allende los haya habido, nos legó que «al hombre lo hizo Dios al terminar una semana de trabajo, cuando ya estaba cansado». Einstein, por su parte y no con menos ironía, dejó dicho que «la suerte de la humanidad es, generalmente, la que ella se merece».

Ahora que voy acabando este artículo, mientras espurreo las últimas palabras sobre el falso folio, se me han vuelto a aparecer ambos pensamientos ayuntados en uno que ha vuelto a entristecerme por cuanto expresa de tener lo que nos merecemos, que tiene todo que ver con el dispendio institucional solo justificable a la luz del pavoneo político-turístico de ir a ese Fitur que da alas para salir en la foto.

Qué cosas...