Cada contable hace balance según le han cuadrado las cuentas en ejercicios anteriores. Es una vieja ley de la economía. Y hete aquí que estos días hemos llegado al ecuador del mandato municipal y cada grupo político ha reflexionado sobre estos dos años, marcados, sobre todo, a fuego por la pandemia. En el PP, el alcalde, Francisco de la Torre, dice que ha sido un bienio bueno, porque la ciudad ha resistido, ha respondido con solidaridad a la crisis económica y ya empieza a recuperarse, según su tesis, lo que puede verse en los números de creación de autónomos, por ejemplo, o en otros parámetros económicos. También destaca el regidor que han venido empresas tecnológicas de fama mundial como Dekra o Google. Y, sobre todo, señaló uno de sus grandes proyectos que podríamos resumir en que se trata de su gran legado: la exposición internacional de 2027 sobre los objetivos de desarrollo sostenible. Dice, además, que los dos años que quedan van a ser brillantes. O podrían serlo. El PSOE de Daniel Pérez, que suena para papeles más importantes en el drama socialista de espadistas y susanistas, suspende al alcalde y al equipo de gobierno en todo, aunque lo aprueba, eso sí, en haber incrementado el número de asesores y cargos de confianza de 56 a 84, dijo el otro día en una rueda de prensa. Cs dice que ha sido necesario para que los directores de distrito sean funcionarios y no cargos de confianza o para hacer un concurso para la concesión demanial del suelo de las universidades, y no regalárselo a una de ellas, como parecía ser la intención primera del regidor. Y hay más cosas buenas hechas por la formación naranja en el acuerdo de cogobierno y antes. IU y Podemos, en concreto su portavoz, Remedios Ramos, fue contundente: cree que la estrategia de ciudad del equipo de gobierno es la del desarrollismo franquista (iba con mala leche la crítica) y que la idea del PP es hormigonar la ciudad. PSOE y Cs, por cierto, le dieron a Cassá, al que consideran un tránsfuga que cobra una pasta por levantar la manita en las comisiones y plenos. Y Elisa Pérez de Siles, del PP, lo defendió y dijo que ha cumplido con los compromisos que firmó cuando era naranja y ahora que está casi vestidito de azul sigue apoyando la estabilidad de la gobernanza (¡qué palabra!) en Málaga. Es como un cuadro con muchos colores, todos ganan y nadie ha perdido. Las ruedas de prensa a previas al Pleno del jueves fueron el miércoles por la mañana, pero parecía una noche electoral en la que todos sonríen salvo el que se ha quedado sin escaño, porque la nada es imposible disimularla. Celia Villalobos siempre quiso diferenciar la ciudad grande que es Málaga de la gran ciudad que va camino de ser. El juego de palabras es interesante porque la transición de la primera a la segunda idea se ha dado, mejor o peor, aunque hay tantos desajustes en ese crecimiento que el siguiente alcalde deberá lidiar con ellos durante años, cogiendo lo mejor del modelo de De la Torre y reorientándolo hacia los vecinos. Si hay que sacar conclusiones, así lo haremos: una es que el discurso de la oposición no termina de llegar al malagueño. Eso es evidente. Y la segunda es que se atisba cierta fatiga gestora en el equipo de gobierno. Se proponen soluciones para la ciudad, por ambos lados, que a veces obvian lo más importante: Málaga necesita tener ambición de futuro, hambre, seguir creciendo, pero sin dejar atrás a los más humildes y vulnerables. Es positivo que vengan teletrabajadores y se creen edificios de oficinas y aterrice aquí Google, claro; pero también lo es mirar más allá del Centro Histórico e invertir en los barrios. A veces parece que eso de generar nuevas centralidades no se lo cree ni quien lo dice. Cuando se habla de la necesidad de cambiar de modelo, habría que pensar sobre cómo diversificarlo: hemos de seguir siendo una ciudad atractiva para el turismo, pero también para quienes aquí habitan. A veces parecen realidades antitéticas pero la sostenibilidad en todo es la solución justa a una sociedad que no ha visto con malos ojos el crecimiento experimentado en las dos últimas décadas. Y no es incompatible recibir turistas y que uno pueda ir del Palo a Soliva en bicicleta con el hecho de que se siga la senda de las nuevas tecnologías y otros tipos de industrias limpias e innovadoras. No es incompatible usar el coche con que haya una red de carriles bici dignos sin que se obligue a los ciclistas a jugarse el tipo compartiendo calzada con automóviles que pesan cuatro veces más. No es incompatible sumar turismo gastronómico con respetar el espacio común público que es de los ciudadanos. No es incompatible, no debe serlo, el desarrollo urbanístico de proyectos que suman con mejorar la calidad y ampliar de nuestras zonas verdes, renunciando, cuando toque, a mazacotes de ladrillo (haría bien la oposición en no demonizar todo desarrollo, por mucho que queramos no son lo mismo las torres de Martiricos o Torre del Río y el hotel del Puerto). Un concejal me dijo una vez, en relación al pasado mandato, que sólo iba a concretarse un proyecto: y sí, efectivamente, ese proyecto fue el único tangible que se concretó. Este mandato va por el mismo camino, porque De la Torre sigue dibujando proyectos de futuro (soterrar el eje litoral reordenando la movilidad, la creación de una autovía que una Chilches con Fuengirola, el plan del Guadalmedina o el auditorio), sin que nada se concrete. Nos va la vida en construir un nuevo modelo de ciudad sobre los cimientos del actual: ambicioso, pero equilibrado y respetuoso, incluso, y sobre todo, con quienes aquí viven. Quien más se acerque a ese ideal, dejando a un lado la demagogia barata, será quien barra en las municipales. Es hora de que la ciudad vuelva a definirse y elija, de una vez, qué quiere ser de mayor.