Pocas anécdotas me llegan tanto al corazón como aquella con la que el añorado Pedro Aparicio evocaba la ‘fiesta sorpresa’ con la que celebraron el 90 cumpleaños de Jorge Guillén, en las inmediaciones del domicilio en el que el poeta del 27 disfrutó de su epílogo vital en la capital malagueña: «Le dijimos a su vecina María Victoria Atencia que lo invitase a desayunar en su casa, situada junto al busto que le habíamos puesto a Don Jorge cerca de La Farola. Habían quedado a las 11, y él llegó a las diez. Si no llega a estar tan mal de oídos se chafa la sorpresa. Porque abajo había más de mil niños -con banderitas con su retrato- que habían escrito redacciones sobre él en sus colegios. Cuando llegó la hora, subí con el alcalde de Valladolid y le dije que se asomara al balcón. Cuando los vio a todos, se emocionó muchísimo y pidió que lo bajáramos para darles la mano a algunos», solía relatar Pedro Aparicio al remontarse a uno de los episodios más felices de su etapa como alcalde.

No me extraña que la elegida para un ‘momentazo’ de esas características fuese una casa como la de la poeta María Victoria Atencia. Una vivienda sureña como ninguna y fronteriza con el horizonte infinito que linda al norte, el este, el oeste, el sur, La Malagueta y cualquier otra geografía con La Farola. Allí, como ya nos advirtió en su poema ‘Paseo Marítimo’ el propio Guillén, «la luz -entre el cielo y el mar- se filtra por la persiana».

Lo acontecido en aquella explanada me vino a la cabeza el pasado domingo, ante las imágenes que inmortalizaron ese abrazo reivindicativo que no le ha parecido bien a ciertos aspirantes a gurús del malagueñismo. Emociona la rebelión ciudadana contra el amenazante proyecto del ‘Hotel Mamotreto’. Cuesta respirar en una ciudad en la que esté mal visto que su gente salga a la calle a defender el incalculable valor de su patrimonio. Si hay que decir que a La Farola le sobran ciertos faroles, se dice y ya está.

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Los malagueños abrazan a la Farola, que se apagará con la llegada del rascacielos Gregorio Marrero