La prisa es un engendro, un morboso engendro del sapiens que nada tiene que ver con la prontitud, con la rapidez, con la instantaneidad..., ni siquiera con la velocidad. La prisa es una torpe medición del tiempo con el alienado cronómetro de la estupidez, que es el artefacto que sincroniza la prisa con toda la humanidad, excepto con los «atrasados seres salvajes» que conforman las recónditas tribus a las que el denominado «progreso» aún no ha llegado. Así definen a los «exentos de prisa» algunos peligrosos tardos, que, aunque solo fueran dos, siempre serían demasiados.

La prisa, que no tiene límites de tiempo, tiene todo que ver con la hamburguesa y con el gatillazo, y nada que ver con el cocido, ni con el arte de amar y vivir. La prisa está íntimamente ligada a la repentización memorística y es absolutamente ajena al sapere aude de Horacio, del que se sirvió Kant para explicar su preclara visión de la esencia de la Ilustración.

–Señor Martín –yo tenía 14 años entonces–, permanezca ante el encerado y présteme atención. Usted no piense, solo memorícelo y aplíquelo cuando yo se lo ordene: «equis es igual a menos be al cuadrado, más/menos raíz cuadrada de be al cuadrado, menos a ce, dividido por dos a». Tal cual era el talante de don Alfonso...

–¡Sí, don Alfonso...! –Ay, si Kant hubiera estado allí creo que habría corrido la sangre... La de don Immanuel, previsiblemente.

De alguna manera, sin mencionarla, Fromm ya nos advertía de que el sistema en que se fragua la prisa tiende a despersonalizar al hombre. Peligroso asunto este, porque en todas las manifestaciones de la sociedad moderna, la prisa es el peor bien mejor repartido. Sin prisa, la angustia, como raíz y como proceso, fenece. La angustia es una emoción gestionable, la prisa un indeseable automatismo apresuradamente codificado, que con excesiva frecuencia obliga al recuerdo a compartir techo y lecho con el remordimiento y la culpa, que no son buenas compañas.

La fugacidad es otra cosa... Lo fugaz tiene que ver con lo transitorio, con lo efímero, con lo instantáneo, con lo limitado, con lo huidizo... que viene a perfilar y a sentar las bases de su polaridad, es decir, de lo pausado, lo duradero, lo perenne, lo ilimitado... La prisa no entiende de rimas, ni de tempos, ni de anáforas. La fugacidad, sí. La fugacidad brilla mediante los arpegios fugaces que paran el tiempo, mediante los suspiros fugaces que preñan de viento el foque de la nave de la vida, mediante los fugaces sentires de ida y vuelta, mediante la fugaz mirada mendiga de conocimiento y sabiduría... Cada eternidad, que es intransferible, es la suma de los pequeños presentes fugaces que la demuestran. O, lo que es igual, al final de la vida –o las vidas– todos seremos la suma de los minúsculos presentes fugaces que hayamos sabido vivir con plena consciencia.

La confusión entre apresuramiento y fugacidad lo impregna todo. En los oficios, las actividades artísticas, la investigación, la política…, casi todos aspiramos al éxito aquel por el que Victor Hugo manifestó cierta aversión. Me repugna el éxito por su falsa similitud con el mérito, que engaña a los hombres, dejó dicho. Toda una demostración de coherencia en estado puro esta afirmación viniendo de alguien que ya había manifestado preferir ser abucheado por un buen verso, que ser aplaudido por uno malo.

Nuestro lesionado turismo patrio no escapa a la confusión a la que aludo, ello, por cómo ocurrió y sigue ocurriendo su apresurado crecimiento en el que el todo turístico pretendemos saber de todo, cosa inalcanzable en una actividad atávicamente ligada a la fugacidad de los sueños del destinatario de la oferta, que no es ni más ni menos que una persona.

Casi setenta años después del primer paso del turismo de masas, para demasiados de nosotros el turismo, como actividad compleja, sigue siendo un problema a resolver día a día, cuando en realidad, en esencia, más que de un problema a resolver de lo que sigue tratándose es de un misterio a descubrir. Ahí dejo la tontería...

El que le escribe, amable leyente, ya goza de perspectiva suficiente para tener sus dudas, pero, no sé... ¿Y si aún no fuera demasiado tarde? ¿Y si fuera verdad aquello de que hasta tras la noche más larga acaba amaneciendo?

Entonces qué... ¿apresurados o fugaces?