Faltan horas para que los primeros turistas internacionales, ya sin restricción alguna de movilidad para acceder a España, aterricen en la Costa del Sol. Hoy comenzará a probarse en la Unión Europea ese pasaporte Covid que está llamado a reactivar la principal industria malagueña y, mientras tanto, la mitad de los hoteles permanecen cerrados. Y qué decir de los campos de golf, de confinamiento casi perpetuo durante 15 meses.

La pandemia nos ha dejado los grandes estadios sin público, las grandes avenidas sin carreras populares y las ciudades sin ferias ni romerías. La Costa del Golf no es ni sombra de que durante décadas ha sido, de manera que la reactivación se cocerá aquí a fuego lento.

Con el semáforo turístico en ámbar para España, Reino Unido mantiene aún restricciones significativas como para pensar en un inminente regreso de los británicos. Huérfanos de ellos seguirán por lo tanto quienes han apostado durante la última década por ese turismo deportivo ante el que tanto han suspirado otros grandes destinos internacionales.

Antes del coronavirus representaba ese segmento casi 3,5 millones de visitantes anuales para Andalucía, un tercio de los que acudían a España con «motivaciones deportivas». En términos económicos, unos 40 millones al año para una comunidad autónoma en la que Málaga es principal potencia turística.

Quizás hayamos reparado con menos frecuencia de la necesaria en esos millones de británicos, cuya estancia media suele ser de siete días, que nos eligen por nuestros bien cuidados campos de golf. Y así nos quedamos respecto a este deporte en las anécdotas domésticas del madridista Gareth Bale o las de Bernd Schuster durante su etapa como inquilino del banquillo malaguista.

Un hándicap importante para esta disciplina deportiva parte de la necesidad de disponer de muchas horas para practicarlo. Las federaciones luchan ahora por establecer circuitos de nueve hoyos, de forma que se agilicen las partidas y puedan conciliarse con la vida personal de cualquiera. También se trabaja en incentivar a los más jóvenes y en fomentar la práctica colectiva, de forma que practicarlo no requiera de un desembolso económico superior al de otros deportes.

En Andalucía existen auténticos oasis respecto al fomento generalizado del golf. Ejemplo recurrente es la localidad cordobesa de Pozoblanco, que instauró hace décadas el primer campo municipal español de 18 hoyos y que durante el último lustro ha tenido como presidente al honorable periodista deportivo Pablo Castro.

También es de justicia destacar lo mucho que se ha esforzado la familia Jiménez, con Ramón o su hija Rocío (también periodista) como rostros más visibles, para que las instalaciones de Antequera Golf se conviertan en lugar de encuentro para aficionados de todo el planeta. Incluso se celebró en este campo de 18 hoyos el primer torneo de futgolf de la provincia malagueña, organizado hace unos años por la Federación Andaluza de Fútbol y valedero para el primer campeonato autonómico de esa variante del golf.

Málaga tiene complejos de primer orden y, como indiscutible embajador internacional, al golfista churrianero Miguel Ángel Jiménez. Pero qué lejos se vislumbra el día en el que algún rostro conocido de la provincia pueda lucir una pancarta como aquella que mostró Bale tras un partido de selecciones: «Gales, golf, Madrid, en ese orden».

Ni somos conscientes de las ventajas físicas y psicológicas que proporciona el golf, ni hemos reparado en modo alguno en que pocos hábitos deportivos garantizan mejor distancias de seguridad y medidas contra el coronavirus. Por cierto, puestos a visibilizar esta disciplina, el viernes se enfrentaron Guardiola y Koeman. El primero impuso su mejor hándicap al segundo. Y yo me pregunto, ¿por cuál de ellos habría apostado Agüero?