Podemos preguntarnos, parafraseando a Raymond Carver, de qué hablamos cuando hablamos de datos. Y de privacidad. Cada vez que le damos a ‘me gusta’ en Facebook, Twitter, o Instagram, cada vez que aceptamos las pesadísimas cookies, cada vez que compartimos contenido en las redes sociales sobre nuestros gustos y aficiones, cada vez que utilizamos gadgets ultramodernos que controlan nuestra actividad física y nos ayudan a mejorar la salud, estamos poniendo en manos de los grandes mercaderes de datos una información preciosa y relevante que se utiliza para muchos fines.

Gracias a todo este flujo de información que regalamos para estar conectados, ocurren cosas curiosas. Por ejemplo, vemos publicidad acorde a nuestras aficiones o intereses cuando abrimos la página web de un periódico. Recibimos ofertas de origen desconocido relacionadas con la última búsqueda que hemos hecho en internet. Las plataformas como Netflix y similares saben qué esperan sus espectadores y eso puede condicionar la producción de nuevas películas y series, que dejarán de arriesgar o ser únicas para adaptarse a los gustos de la mayoría. Por no hablar de las posibilidades que ofrece todo este mundo invisible y subterráneo para la manipulación política, como se demostró en la tramposa campaña que propició el Brexit y en el escándalo de la empresa Cambridge Analytica, que por cierto sigue operando con otro nombre (Emerdata).

Paloma Llaneza ha descrito en un libro necesario, Datanomics, todo esto y mucho más. En una entrevista que concedió durante la promoción de su libro, que es de 2019 pero que no ha perdido interés ni vigencia, sostenía que «la responsabilidad por ahora se ha de poner del lado del que recoge los datos. Pero, obviamente, cuando tu negocio es la extracción de datos masiva, salvaje, está claro que no vas a ser extraordinariamente transparente en tu comunicación con el consumidor».

En España, la sensación popular es que la burocracia de Bruselas exagera, con sus normas incomprensibles y sus complejos reglamentos. Sin embargo, debemos ser conscientes de que la Comisión Europea va muy por delante y trata de poner orden y preservar ciertos valores en el acelerado mundo digital, que se ha convertido en una jungla donde impera la ley del menos escrupuloso. El opaco negocio en torno a los datos genera 90.000 millones de euros al año, concentrado en los Estados Unidos (el 50%) y Europa. Nuestra renuncia a la intimidad mueve montañas, pero de dinero.