Hablaba Bauman de la modernidad líquida en contraposición con la sólida para explicarnos que cada vez más la sociedad tendía a ser maleable, sin estar fijada a nada, fluyendo por el oleaje del tiempo sin poder predecir la orilla del mañana. No sé si hoy nos hablaría incluso de una modernidad gaseosa, más dispersa e inasible todavía, producto tal vez de un calentamiento global, no ya del mundo, sino de la actualidad cada vez más acelerada.

Pero con el conocimiento sí está pasando algo parecido, si cogemos el mismo símil y convenimos que el conocimiento es sólido, la información líquida y la opinión gaseosa, ahora mismo un gas casi tóxico recorre el mundo a la velocidad de la actualidad contaminándolo todo. Nada le puede seguir el ritmo a la opinión, que llega antes a todas partes y se cuela sin esfuerzo en las cabezas generando movimientos y conductas ajenas al conocimiento. Raras veces la opinión despierta la sed de informarse -o formarse- que una vez saciada podría consolidar conocimiento.

Transmitir el saber, el entendimiento, es un proceso demasiado largo para estos tiempos, y nunca directo. Los niños se pasan años en el colegio para intentar consolidar la información que se les va dando y aún así no siempre se consigue y ésta puede perderse en la memoria en forma de olvido o en la incomprensión en forma de opinión. Llevamos, sin embargo, a nuestros hijos al colegio conscientes de que el saber es necesario y ocupa tiempo, aunque luego como adultos parece que sacamos pecho de saberlo todo al instante, sin preocuparnos ni darnos siquiera espacio para comprenderlo, o informarse, como si a partir de un punto en la vida, todo se supiera sin esfuerzo, de forma fácil y bastara con inhalar el ambiente de las redes, ojear un diario o encender la tele para saber todo lo que ocurre y por qué nos pasa.