Un fallo global dejó ayer fuera de combate a numerosas páginas de internet. Gutiérrez, ¿ahora que el Marca no va por qué no se pone a terminar los expedientes? La vida es lo que nos pasa cuando internet se cae. Decenas de páginas web de servicios digitales, redes sociales y medios de comunicación de todo el mundo estuvieron fuera de servicio. A unos se les hizo más largo que a otros. Hay quien se pasó la mañana jurando en arameo y dándole a la tecla de refrescar y quien se pasó la mañana refrescándose en la playa sin más aparataje tecnológico que una toalla y las chanclas. Ayer durante unos minutos pudimos ensayar qué es la vida sin internet. No se paró el mundo, por mucho que a algún ejecutivo la página del Financial Times lo echara o por mucho que se retrasara una de esas transacciones cibernéticas «urgentes». Yo prefiero las turgentes.

Fuentes bien informadas anunciaron que el problema podría originarse en el proveedor americano de servicios de computación Fastly, argumento que para mí es igual de comprensible que un acertijo finlandés expresado en tagalo. A la hora de la siesta. Mi máxima pericia con los ordenadores es seguir el consejo de un jefe muy sabio que tuve en mi primera juventud: «Reinicia».

Durante un buen rato no pudimos ver tantas de esas cosas que nos dicen que es imprescindible ver. Y llegamos a la hora de comer ayunos de cosas imprescindibles. O sea, con más ganas de almorzar, que es una cosa de la que no conviene prescindir incluso ahora que, ya vamos tarde, estamos en plena operación bikini. A esa hora de almorzar, muchas familias tal vez comentaron, durante las lentejas, que internet se había caído, no veas que lío. Ah, pues a mi me han dicho que me fuera a desayunar. Igual que cuando viene la corriente el salmón nada río arriba, cuando se caen las páginas web los oficinistas corren a la cafetería. Una de esas cosas seguras. Que nunca se caen.