Unas elecciones primarias a una candidatura deben ser un proceso que genere ilusión y optimismo en las posibilidades electorales del partido en cuestión, deben ser un foco de debate ideológico en el amplio espectro que ocupe la organización, y debe ser un instrumento de pedagogía política. Se da por sentado que son una competición, con preferencias y afinidades, con adhesiones más o menos racionales y otras muchas, las más, de tipo emotivo. Unas primarias son, en la política, el máximo exponente del dúo política y emoción.

En unas primarias también se enfrentan las visiones políticas que tenemos mujeres y hombres. Dibujar este debate no ha de entenderse como una debilidad de la organización que lo afronte, sino como una fortaleza, sobre todo cuando el partido esté comprometido con la conquista de la igualdad real y efectiva. Nuestro compromiso se mide realmente cuando nos examinamos, de manera formal y en la práctica, no sólo cuando lo hacemos de puertas para afuera. Sé de quienes creen que proclamar diferencias puede ser la excusa de legitimar las desigualdades; sin embargo, soy de las que piensan que somos diferentes, somos iguales.

Así que no tengo miedo en afirmar que la manera de entender la política de mujeres y hombres es diferente, fruto de nuestra diferente posición de partida, y que estas maneras de concebir la política son necesariamente compatibles y complementarias. Son diferentes porque, lamento decirlo, a las mujeres en política se nos mide de otra manera, se nos ve de otra forma y se nos valora de manera diferente, por lo que en nuestra agenda política no solo está generar propuestas públicas por y para la igualdad, sino directamente procurar con ellas un cambio en la propia política, al menos en un sentido: que exista una única vara de medir y un mismo punto de partida.

A ver, por citar ejemplos: ¿no es cierto que la igualdad solo se ha instalado en las candidaturas electorales paritarias pero no en la necesaria igual presencia en los cargos de representación pública? ¿No es cierto que la renovación de las candidaturas suele comenzar por las mujeres, las cuales en mayor número registran vidas políticas más cortas que las de sus compañeros? ¿Acaso no se circunscriben los asuntos de igualdad a las mujeres?

Cuando una mujer habla claro, defiende su criterio y persiste en sus ambiciones parece que comete un pecado capital político que nunca será perdonado. Si esa mujer, que asume el fracaso pero se plantea levantarse para seguir luchando, da un paso al frente y defiende con una candidatura una forma de entender la política -cercana y próxima-, acaba escuchando la crítica de que es ‘yoísta’. Ahora bien, si esa persona es un hombre, ese hombre no es yoísta, ese hombre es resistente, valiente y perseverante en su vocación, porque la ambición, en su sentido más mezquino, solo queda para la mujer.

Susana Díaz ha actuado con libertad, pero no en libertad, porque ha recibido todas las presiones posibles

Tiene una gran suerte el partido que tenga hombres y mujeres de esa estirpe política de resistencia y compromiso, y por qué no, de sentido de poder. Cualquier organización política, por estar sustentada en valores de pluralidad y democracia, haría posible la convivencia de ambos y el respeto sería la bandera levantada por su militancia y dirigentes para sacar el máximo rendimiento colectivo (interno y externo) a estas personas. No parece que sea así en todos, a la vista de las primarias que vivimos en el PSOE de Andalucía.

No tengo duda de que la candidatura de Susana Díaz responde a ese espíritu de rebeldía de quien no se quiere sentir doblegada por el mero hecho de que debe asumir los designios marcados por otros, en este caso, hombres. Será la militancia, hombres y mujeres en libertad, la que decida.

Susana Díaz ha actuado con libertad, pero no en libertad, porque ha recibido todas las presiones posibles y ha sido castigada con una campaña llena de desconsideración y falta de compañerismo: decir de alguien que está amortizado, en términos contables, es convertir a la persona en mero instrumento, es una cosificación en toda regla. Lo peor es que se lo hemos leído a algunas mujeres referentes del feminismo andaluz.

Las heridas estaban abiertas sólo para algunos y la candidatura de Susana Díaz representa un ejercicio de libertad, de libertad frente a imposiciones y de libertad frente a las prebendas del poder. Es un ejercicio de confianza en una misma: de no haber perdido las elecciones de 2018, de contar con las capacidades para liderar un proyecto, de aprender de los errores del pasado.

Pero claro está no faltará quien piense que el ejercicio de autoconfianza es una falta de generosidad por su parte. De nuevo volveremos al principio, ¿en una mujer la autoconfianza es egoísmo y en un hombre acaso es superación personal? El 13 de junio, la militancia socialista tiene la ocasión de censurar esta visión tan sesgada sobre la mujer en la política.

*Toñi García es portavoz de la Plataforma de la candidatura de Susana Díaz en la provincia de Málaga