Pensábamos que aquellos turistas venían desde todos los rincones del mundo para vernos. Pues no. Estábamos equivocados. Venían para ver, oler y sentir en la piel el milagro de la mar. Como Bruno Rontini, aquel personaje terminal de la novela de Aldous Huxley, apostado en la página 279 de la primera edición de ‘Time must have a stop’. La de 1945. En la que se citaba a Leopardi: «E’l naufragar m’è dolce in questo mare». Me sería dulce el naufragar en este mar. En todo caso, también estaba aquella montaña prodigiosa: La Concha, ya en los confines meridionales de Europa. Era ésta dramática y amable al mismo tiempo, coronando un escenario bíblico, inmutable, hecho posible a partir una prodigiosa roca vertical. Al que la trayectoria de la luz del sol cambiaba de decorado cada hora.

También yacía esparcido en sus faldas un pueblo blanco, casi dos veces milenario. Que aportaba tiempo petrificado, ya con muchas huellas de manos humanas. Además de mucho remanso de historia, de la chica y de la grande: Marbella. Sus encaladas blancuras también recogían fragmentos de la mar. Por eso lo buscaban nuestros visitantes: para algo tan especial como son las sedosidades de las aguas que nos rodean. Como les ocurrió a los lugareños de Cannes en el siglo XIX. Hasta que un día descubrieron que su mecenas, el primer barón de Brougham y de Vaux (al que siempre llamaron equivocadamente Lord Brougham) también al final se había enamorado del mar.

Algunos iniciábamos desde estas fechas cercanas al solsticio de verano el rito de la visita anual marinera, muchas veces casi diaria. Cada verano nos pasaba lo mismo. Empezábamos a consolidar nuestros paseos por la playa ya antes del Día de la Virgen del Carmen. Y después, cuando comprobábamos que la mar seguía allí, como siempre, nos arrepentíamos de los días y de las horas que habíamos perdido, antes de renovar esa cita con lo eterno.

Hay mares que llevan mucha historia guardada dentro de sus aguas. Como el nuestro, el mar entre las tierras, como lo llamaban los antiguos. Mares que ocultan borrosos náufragos, veleros fenicios, ágiles y con buenos ojos pintados en la proa. Trirremes romanas, repletas de ánforas de aceites y vinos de las tierras que ahora llamamos Andalucía. Con destino a una lejana y altiva capital imperial. Había barcazas de cabotaje fatimíes, además de carabelas de la mar más ancha y algunas galeras turcas y faluchos, con oscuros peligros y regalos envenenados, llegados del otro lado de las aguas, con los piratas de la Berbería. Y restos de algún galeón, con sus hileras de cañones ya con más moluscos que bronces y algún que otro doblón de oro, despistado, en un cajón de la camareta del capitán.

Son anchas y profundas las faltriqueras de esta mar. También hay en ellas viejos aviones con rosarios de mohosos orificios de bala. Heinkels alemanes o Savoias italianos y algún que otro Spitfire inglés, intercalado con un Mustang americano. Y submarinos alemanes y una desafortunada cañonera de la marina de Vichy. Mares que siempre fueron pródigos en antiguas cosechas, como las que nos contaba sobre la mar napolitana el maestro Curzio Malaparte. Además, en su casa de Capri el mar tenía la costumbre de colarse por las ventanas en los días de temporal.

Y aquí en Marbella, por la mañana, en la playa, las gaviotas nos protestan, buscándose un desayuno plateado entre las algas y las medusas. Y hay también en el aire una inocencia primigenia que hace milagrosa cada jornada de luz y de soles. Cuando los niños levantan, solemnes, efímeros castillos de arena en sus orillas.

¿Cómo van a dejar de regresar, año tras año, a este mar? Por supuesto, nos veremos en la playa. Una vez más. Como lo venimos haciendo desde hace tanto tiempo. Nos saludamos prudentemente. Como antiguos conocidos, cuyos nombres y cuyas procedencias deseamos seguir ignorando. Esperamos verlos de nuevo en los próximos calores. Caminando sobre la arena, ya refrescada por el oleaje.

Nuestra Virgen del Carmen es sabia. Ha sabido elegir el mejor y el más sólido de los pedestales. Ha elegido la mar.