Hoy comienza para España una nueva Eurocopa. Será la del aplazamiento, es la Euro 2020 jugándose en 2021, la pandémica, la del amor/desamor entre Sergio Ramos y Luis Enrique, la que nos pondrá a las puertas del décimo aniversario del aquel segundo título continental consecutivo para la Roja.

Pero también será la del pellizco mayúsculo por el repentino desvanecimiento del jugador danés Christian Eriksen y, por supuesto, la de las 11 sedes en otros tantos países. Será la Eurocopa de las gradas medio llenas, las medio vacías o las repletas, según hayan evolucionado contagios, curados y vacunados en cada territorio o ciudad.

Y será también aquella Eurocopa en la que Tropezón y Cayón, que suena a chiste pero no lo es, consiguieron el ascenso en la Tercera División cántabra. Seguro que ya anda el mismísimo Miguel Ángel Revilla haciendo la broma entre sus paisanos, al tiempo que por proximidad lamenta que España no haya podido debutar en San Mamés. Otra vez será.

Hoy empieza en el estadio sevillano de La Cartuja una competición en la que todos los caminos conducen al mítico Wembley inglés, que no era sede de una Eurocopa desde 1996 y que esta vez albergará no sólo la final. También acogerá las dos semifinales, dos de los octavos de final y los tres partidos de Inglaterra en la primera fase.

De la lista inicial de 13 ciudades no sólo se cayó Bilbao, finalmente sustituida por Sevilla, sino que también causaron baja forzosa por las restricciones sanitarias de la pandemia tanto Bruselas como Dublín. Así acompañan a La Cartuja y Wembley otros nueve estadios en otras tantas urbes: Telia Parken Stadium (Copenhague), Ferenc Puskás (Budapest), Hampden Park (Glasgow), Johann Cruijff Arena (Amsterdam), Arena Națională (Bucarest), Estadio Nacional (Bakú), Allianz Arena (Múnich), Olímpico (Roma) y Krestovsky (San Petersburgo).

Y a partir de aquí comienza el baile de aforos. Quién iba a decirnos que en la edición más coral de la historia de la Eurocopa nos encontraríamos con una pandemia que limitaría e incluso anularía la presencia de aficionados en los distintos recintos deportivos. El paradigma lo representa el Puskás de Budapest, autorizado para poder agotar todo el aforo. Es decir, está autorizado para que el 100% de los asientos estén ocupados.

En La Cartuja, como en Wembley o el Arena Națională (Bucarest), el público podrá acaparar del 25% al 33% de las plazas. Por cierto, anoche restaban aún algunas de las 16.000 entradas disponibles en Sevilla para poder ver el debut del combinado de Luis Enrique (de entre las que tienen un precio de 150 euros).

Nos encontramos templos, casi con tanta solera como la denominada Casa del Fútbol inglesa, que no podrán pasar del 22%, como es el caso del Allianz Arena de Múnich. Tampoco superará el 25% el Hampden Park de Glasgow y otros dos estadios tienen limitado el aforo a un tercio: el magno Olímpico romano y el también histórico Johann Cruijff Arena de Amsterdam. La relación para terminar de volvernos locos si es que pretendemos sabernos de memoria este jaleo de cifras lo completan dos recintos donde se pueden ocupar la mitad de los asientos: el Telia Parken Stadium de Copenhague y el Krestovsky.

Empezaron los dirigentes del fútbol internacional por organizar torneos en dos países, primero limítrofes y luego ni eso, y hemos terminado por ampliar la fiesta a todo un continente. Puestos a revitalizar el turismo y ese tan castigado sector aeronáutico, ni el mejor guionista hubiese diseñado una Euro tan multinacional.

Y, paradojas del destino, también, que sea Londres el destino elegido donde confluyan todos los caminos de Europa. ¿No votaron el Brexit justo para lo contrario? De aquella consulta ya sólo recordamos aquel «tropezón» y posterior «cayón» de la libra esterlina, como diría con su sorna el economista Revilla.