Creo recordar que fue en una de esas tardes doradas en los comienzos del verano de 2011. En mi siempre añorado Freiburg im Breisgau, en el sur de Alemania. Confieso que me encanta esa apacible, inteligente y hermosa ciudad universitaria, tan solo a unos pocos kilómetros de la vecina Francia y sus civilizadas e invisibles fronteras. Por las empinadas calles de la ciudad antigua, los viandantes evitan las Bächle. Son las canalizaciones por donde se deslizan las aguas de las colinas cercanas, ya en la Selva Negra. Pienso que la Friburgo alemana es probablemente una de las ciudades más envidiadas de Europa. Tanto por su belleza y su patrimonio cultural e histórico, como por su inteligente legislación en materia medioambiental y sus ejemplares sabidurías cívicas. Muchas de las calles de la parte antigua están destinadas exclusivamente a los peatones y a los ciclistas. El aire estaba limpio de contaminación – lo confirmaban los numerosos paneles electrónicos - y la ausencia de tráfico y ruidos molestos eran una delicia.

En uno de aquellos acogedores establecimientos de la plaza de la Catedral me tomaba un café con la representante de Ucrania en uno de los grupos de trabajo de la Convención Europea del Paisaje. Habíamos coincidido en un proyecto desarrollado bajo la tutela del Consejo de Europa. Más de uno de nosotros pensaba que en un futuro las ciudades europeas deberían ser como Friburgo.

Recordamos que esa parte del barrio alto había sufrido un duro bombardeo aéreo en los comienzos de la última guerra. El comandante alemán de una escuadrilla de bombarderos Heinkel 111 había confundido a Friburgo con una de las vecinas ciudades francesas. Murieron 57 personas. Cuando se le informaron de su error, se suicidó. Quizás era de Friburgo.

Me comentaba mi docta colega que había investigado en documentos de la Segunda Guerra Mundial datos relacionados con un fenómeno que muchos prefirieron olvidar, sobre todo a partir de la derrota del Tercer Reich. El destino y la muchas veces trágica historia de los voluntarios europeos que se alistaron bajo las banderas del nazismo para “la lucha por una nueva Europa”. Había entre ellos súbditos holandeses, daneses, noruegos y belgas, además de españoles, franceses, ucranianos, turcomanos, tártaros y cosacos. Obviamente los primeros parecían estar más cercanos que los restantes a los arquetipos raciales que las autoridades nazis habían establecido como las características ideales de la raza superior: obviamente se suponía que ésta era la germánica.

A mi colega de Ucrania le había llamado la atención que el juramento de lealtad y obediencia al Führer Adolf Hitler de los voluntarios españoles de la División Azul fuera diferente del de sus comilitones de otros países: “¿Juráis ante Dios y por vuestro honor de españoles absoluta obediencia al jefe del Ejército Alemán Adolf Hitler en la lucha contra el bolchevismo, y juráis combatir como valientes soldados, dispuestos a dar vuestra vida en cada instante por cumplir este juramento?” El juramento (en alemán y español) fue rubricado por aquellos jóvenes soldados en aquel 31 de julio de 1941 con un “Sí, juro!”. Según ella, no fue el 20 de agosto, como erróneamente se ha publicado. También según mi colega, la solemnidad del acto fue ratificada por un ilustre general español expedicionario y sus jefes de regimiento ante el general alemán Conrad von Cochenhausen. Además de pronunciar el “Sí, juro” los oficiales españoles posaron la mano izquierda sobre el acero de las espadas del alto dignatario de la Wehrmacht y sus ayudantes.

Había comprobado la docta profesora ucraniana que por ser los voluntarios españoles los únicos que no provenían de lugares ocupados por las tropas del Tercer Reich, las autoridades alemanas les permitieron un juramento bastante menos truculento que el formulado para los combatientes de otros países: “Ante ti, Adolf Hitler, como jefe germánico, juro comprometerme con lealtad y valor. Pongo a Dios por testigo que he de honrar hasta la muerte tu nombre y las leyes de obediencia y fidelidad prescritas por ti.”

En la risueña luminosidad de aquella tarde cenital, sentados enfrente de la hermosa catedral gótica de Friburgo, en el corazón de una nueva y en muchos aspectos irreconocible Europa, aquellos lejanos juramentos sonaban como un sacrilegio. Por supuesto, en aquella plaza mágica, rodeados de jóvenes relajados y felices, aquellas siniestras palabras parecían llegadas, por su carga de fanatismo y odio, desde una malévola e inquietante galaxia a la que quisiéramos olvidar.