No es tiempo de revanchas, ni de vendettas por más que en algunos ambientes del socialismo andaluz quieran remover las procelosas aguas en un partido que sigue sin poder asumir que le toca estar en la oposición en Andalucía. Cuando se habla o se exige por algunos mentecatos que es necesario arrojar a las tinieblas del olvido a Susana Díaz y a sus más destacados seguidores, algunos de ellos con probada capacidad y formación intelectual, habría que recordarle el evangélico consejo de quien «esté libre de pecado que tire la primera piedra». No es con vendetta, ni con altas dosis de aceite de ricino y mucho menos con la mortal cicuta como se puede cohesionar el partido, sino abriendo horizontes en un partido que tiene la obligación de estar en permanente renovación y necesitado de un profundo ‘aggiornamento’, que parece haber perdido el norte, incapaz de entender por dónde va la sociedad actual, sobre todo la más joven. De aquella socialdemocracia imperante en los años de la abundancia, clave, por otra parte, para validar y desarrollar el Estado del Bienestar, con sanidad y educación pública y universal, hemos entrado en otra dinámica donde impera un sentido de la sociedad totalmente distinto. Manteniéndose en esencia los valores que hicieron socialmente válida aquella sociedad hoy se dan otros parámetros en los que prima la necesidad de fortalecer el papel del Estado, con gobiernos e instituciones que sean ambiciosas y capaces de dotarse de medios para reparar el tremendo roto ocasionado por la pandemia. Y sumar la imperiosa necesidad de tener un desarrollo sostenible y social, ecológicamente impactante en su lucha por el creciente deterioro de nuestras propias vidas y el entorno natural. No entiendo que se sostengan las políticas neoliberales que han fracasado de forma rotunda; políticas, muchas de ellas, ancladas en el populismo o en el creciente pandemonio de la extrema derecha hábil en manipular la fibra sensible de quien lo pasa mal, no tiene futuro al alcance de la mano y camina de frustración en frustración hasta el golpe final.

Con reproches y marginaciones no se reconstruye el socialismo andaluz sino que se necesita ingentes dosis de cohesión, sanar las heridas abiertas y ser capaces de desarrollar y aplicar la nueva política que exigen los tiempos actuales y los venideros. Quienes nos mostramos, desde la no militancia, el apoyo a Susana Díaz, perdimos. Pero nada más. Ahora toca recomponer la izquierda, dentro y fuera del PSOE, para, al menos, hacerle difícil a la derecha que vuelva a gobernar, subida como está a la chepa de la ultraderecha. Lo tendrá difícil el pragmático Juan Espadas, sobrado ganador de las primarias, porque Moreno Bonilla, a la chita callando, ha ido copando los resortes del poder. Pero el problema no está en una derecha necesitada de los ultras para estar o mantenerse en el poder, sino en saber si la izquierda podrá interpretar los nuevos tiempos que llegan.

Dicho lo cual, me parece que el nuevo líder del PSOE andaluz, Juan Espadas, tiene por delante no cualquier reto, sino la necesidad suprema de saber cómo conectar con esta sociedad que parece, sólo parece, haberle dado la espalda a la izquierda. Es seguro y es de obligado cumplimiento que programe y ejecute cambios en la estructura orgánica del partido, pero si es incapaz de entender o se deja presionar por los damnificados de Susana Díaz que, a la vista de los resultados de las primarias, parecen ser el ciento y la madre, habría que augurarle largos años en la oposición. En el menguado cubil de Susana Díaz hay cabezas preclaras, bien armadas intelectualmente y respiran un socialismo moderno. Entiendo que haya quien esté armado para la cacería del lobo, pero importa más, al hilo de lo que en octubre del 82, cuando los socialistas alcanzaron el poder en España y ante los cambios que diseñó Felipe González arrojando a las tinieblas el manido marxismo, lo que Rodríguez de la Borbolla y su compañero José María Maravall, dos mentes pensantes de las que quedan pocas, en la prestigiosa escuela de formación existente en el seno del PSOE resumieron en dos palabras: «Hay que desterrar las telarañas del Partido». Pues eso.