Lunes. Vuelven los cruceros, dice el titular. Nunca he ido de cruceros. Antes de todo esto había difusos planes para embarcar en uno. Me atraen los fiordos como a otros le atraen los helados de vainilla. Todo el mundo los sitúa en Escandinavia pero fiordos hay también en Montenegro, cerca de Kotor, por ejemplo, bellísimo pueblo medieval cuyas casas casi se derraman en la mar. Cuando llega un crucero parece que anclara en la calle mayor. Desde las ventanas, los cruceristas ven todo el pueblo. Vuelven los cruceros y uno imagina esa vida regalada, del bufé con bacon al mojito, del mojito a la piscina. De la piscina a un garbeo por cubierta y luego la cena. Bajar a primera hora a una ciudad desconocida, deambular. Volver al barco. Hay que procurarse de cuando en cuando una vida de crucerista: vagar por la ciudad propia con mirada de turista; ir comiendo un helado por la calle, mirar el mar, tomar fotos a los monumentos y luego cenar en casa pero en plan bufé. Libre.

Martes. En la Bodega de Pepe Girón, en Bormujos, ponen un salmorejo y un solomillo al whisky a los que no se les pueden poner muchas pegas. Hay caracoles. Le tienes que hacer un artículo a las sensaciones que da el primer trago de una cerveza, me dice mi amigo Alejandro Bertuchi, periodista y productor. En una mesa cercana hay un grupo de chicas jaraneras y un ejecutivo sin chaqueta bebe tras nosotros un botellín de vino fino. El gin tonic es en una terraza de la calle Betis, junto al río. Se nos acerca una señora muy arreglada que se hace llamar la polaca. Nos pregunta si somos policías y comienza a rajar de la monarquía. Taxi. En Santa Justa me siento a tomar un cortado para poder escribir esto y el artículo del día y también la presentación de un libro y no sé cuantas cosas más. En el tren leo ‘Recuerdos de una vida’, que Juan Ignacio Zuñiga redactó muy anciano. Habla de su infancia en la República, de su pasión temprana por Turgeniev, del chalecito de sus padres en el madrileño barrio de Prosperidad. Pongo pie a tierra justo cuando el cielo se desangra de puro rojizo. Málaga tiene un color especial.

Miércoles. También el atardecer de hoy parece de pago. Paleta de colores espectacular en el cielo. La luz es grisácea y hasta llovizna. Este crepúsculo seguro que ha producido versos e incluso alguna confesión amorosa. Viajo de la terraza al sofá y ya anochecido oigo un trueno. Sí, un trueno. Vuelvo al balcón. Veo gente en las terrazas. Imagino todas esas televisiones con la función de congelar la imagen, detener la emisión, activada. Un trueno contra Netflix.

Jueves. Charlo con Juanma Niebla, presidente del Colegio de Fisioterapeutas de Andalucía. Me habla de su pueblo, Cuevas del Becerro. Le digo que es cuna de ilustres periodistas. Tengo yo ganas de echar un garbeo por la zona, aunque los planes inmediatos son una escapada al Rompido, en Huelva. Creo que voy a ser capaz de resistir los tres días con una dieta de cerveza, jamón y gambas. Consulto el móvil y me sale publicidad en un mesón en Cuevas. No es que los móviles oigan, es que tienen hambre.

Viernes. Va uno recibiendo convocatorias para actos, galas, eventos y presentaciones. La vida se va normalizando y ya hay hasta quien se permite el lujo de dar abrazos. Hay que ir desarrollando la habilidad de evitarlos, ya sea en su modalidad de te crujo o en la de palmeo de espalda. No es plan de rozarse mucho aún aunque sí de recuperar más contacto humano. Yo el que prefiero es el de los amigos de siempre, aunque como decía Larra, quien quiera tener amigos ha de tener el valor de soportarlos. También los viernes vuelven a ser viernes a su modo. La gente viernea que es una barbaridad. Habrá que ir pensando en salir los jueves. Cuando todo esto pase. Un poner.