Los mares nunca serán muchos ni pocos. Mar no hay más que una. Otra cosa son los lagos endorreicos mal denominados mares, como el Mar Muerto, que lleva siglos escarbando la tierra mientras se muere de sed. La mar es mar, especialmente, por la sempiterna capacidad empática de sus resaladas aguas, que se pirran por circunvalar el planeta para fundirse en un abrazo perpetuo.

Aunque la mar sea solo una, los mares particulares de cada cual son tantos como los instantes de una vida, o más... La mar de Benedetti fue tarda de oído, ruda de formas y perenne de vida: «El mar escucha como un sordo | es insensible como un dios | y sobrevive a los sobrevivientes». La de Alberti, fue cantarina y luminosa: «Qué blanca lleva la falda | la niña que se va al mar. | ¡Ay niña, no te la manche | la tinta del calamar!». Para el primogénito de los Machado la mar formó parte de su ocaso: «Para mi pobre cuerpo dolorido, | para mi triste alma lacerada, | para mi yerto corazón herido, | para mi amarga vida fatigada… | ¡el mar amado, el mar apetecido, | el mar, el mar, y no pensar nada…!». Neruda veía su mar como la maestra de sus adentros y sus afueras: «Necesito del mar porque me enseña: | no sé si aprendo música o conciencia»...

Cuenta la leyenda que San Agustín, mientras paseaba por la playa meditando sobre el misterio de la Santísima Trinidad, observó a un niño que pretendía trasvasar la mar entera a un pequeño hoyo que había excavado en la arena. El santo se acercó y le manifestó que aquello era imposible, pero el impúber, que resultó ser respondón, sin cortarse un pelo, le espetó: «Si piensas que lo mío es imposible, más imposible es que tú comprendas el misterio de la Santísima Trinidad». (El Museo del Pardo atesora una obra de Guercino alusiva a la escena).

Para mi mal y para el de muchos, hay otras aguas y otros mares cuya esencia periclita en el sistema que hemos creado sobre el esqueleto de la inane nueva política de viejo cuño, y viceversa. Y, ya se sabe, cuando el desacierto desnortado insiste, lo irreparable llega. Errare humanum est, quizá por ello el presidente Suarez, erró; el presidente Calvo-Sotelo, tan fugaz como Pipino III, erró; el presidente Gonzalez, erró; el presidente Aznar, erró; el presidente Zapatero, erró; el presidente Rajoy, erró... Y el presidente Sánchez, ya está en ello...

La política es un engendro hecho más a la medida del gobernante que a la de los gobernados. Como si de la mismísima naturaleza del Cosmos se tratara, en la vieja nueva política del terruño patrio solo existen dos opciones: gobernar o ser gobernado. El resto son meros compases palmeros de los unos o de los otros para preservar un principio compartido por todas las tribus políticas: la subsistencia del partido, y con ella el sustento de sus afines políticos. La política actual es un deletéreo oficio para el ser humano, en el que el patrón de sastre del proyecto, que es común a todas las tribus, resulta ser un desastre de patrón. Si no, lea:

–Presidente, ilústrenos, ¿cómo va a meter toda la mar en un charco?

–Con mucho cuidado, sin romper ni la mar ni el charco –y el respetable, transido de pasado, ojiplático y a medio camino entre la incredulidad, el asombro y la esperanza, estalla de júbilo. Estrictamente, desolador...

Cada vez es más evidente que el proselitismo que preside la política, como herramienta, es políticamente amoral. Tan así es, que, aunque aún no está recogido formalmente, el Scrabble ya empieza a aceptarlo in pectore, como ocurriera tiempo atrás con pulpo, como animal de compañía.

Con el acta que lo acredita, todo político profesional debería recibir un cubito de playa multicolor, como imparcial elemento alegórico. A nadie se le escapa la metáfora de que nuestros órganos de gobierno estatales, autonómicos, provinciales y municipales conforman un variopinto universo de charcos que pretenden atesorar todos los mares del planeta bajo una sola máxima universal, común a todas las tribus: «impidamos que nadie que no seamos nosotros gobierne». Amén. El resto del argumentario se muestra tan irrelevantemente secundario como los lambrequines de los escudos de armas, que no sirven para nada, pero colorean el escenario y la autoestima de la claque.

Lo dicho, la mar de charcos, la mar de mares...