Ahora otra vez sin mascarillas podremos volver a ver toda la gama de sonrisas, fugaces, imperceptibles, robadas o dedicadas, encantadoras o frías, volverán a asomar al balcón de los labios tras tantos meses escondidas. Veremos la del vencedor entre lágrimas tras su caída, la sincera del que aplaude al que le gana, la de los que hacen suya la victoria de otro, la del mentiroso cuando sabe que engaña, la del generoso que ni se da cuenta que regala.

Hay sonrisas en las que uno se mecería hasta encontrar el sueño y pureza que las motiva, sonrisas que cautivan e hipnotizan, que te sacan de este mundo por un momento o lo iluminan dándole matices nuevos en un destello, sonrisas que despiertan las ganas dormidas, que sacuden el corazón y bombean el alma, que te devuelven la mirada de ese niño que fuiste cuando no sabías que eras niño y lo mirabas todo por primera vez sin pensar que sería la última. Hay también sonrisas rutinarias, fingidas, forzadas y ensayadas, sonrisas del día a día que nos llevan al engaño de la noche, sonrisas que parecen palabras pero que no dicen nada, a veces de cortesía otras de amenaza, que no emergen de forma natural, que no invitan ni atrapan, sonrisas que expresan desgana, de Duchenne, las llaman.

Y hay sonrisas que echaremos siempre de menos, de gente que nos falta, sonrisas que abrazaban o comprendían en su gesto, que nos daban calor y compañía, que siempre recordaremos y que a veces creemos encontrar en otros labios por un instante que en seguida se difumina. Y hay otras que no queremos perdernos nunca, a las que queremos darle cuerda y comba, sonrisas que nos inyectan toda su genuina alegría, sonrisas que son risas, que nos dan la vida. Con o sin mascarilla, a la gente o a un recuerdo, con motivo o para encontrarlo: sonrían.