Llegó, vió y venció. Se llama Lito -el nombre es más largo- y hasta esta semana reposaba ajeno al mundo en su pequeño hogar alambrado del módulo 4 de la Sociedad Protectora de Animales y Plantas de Málaga; una casa donde se camina, se sueña y casi se vuela a cuatro patas. Como rezan los ‘eslóganes’ de alguna conocida marca, probablemente sea el mejor sitio del mundo para hospedar a un can. Tanto tanto, que tras dos horas allí tus ojos comienzan a ver arco iris con estrellas por todas partes. Los sueños, sueños son y mi hija, con su cansina y maravillosa vocación veterinaria, ha acabado derribando las murallas defensivas tras las que llevaba años parapetado. Eso sí, lo ha hecho después de darle tres vueltas en formato ‘streaming’ a toda la serie documental que retrata las salidas; obras y milagros del Doctor Paul arreglando entuertos de vacas, caballos, gatos, mulas y otros ‘bichos’ sobre la estepa norteamericana. Su lema -“Los niños se crían mejor con la compañía de un animal”- no me era ajeno. Una infancia entregado al absoluto asilvestramiento entre fieras de toda raza y condición en paraísos de sol y rastrojo algo me había enseñado; eso es cierto.

Partiendo de esta premisa y dados los antecedentes, ¿cómo decir que no a un futuro amigo de 3 kilos que camina a pequeños saltitos? “Ten cuidado con la alimentación porque no hay que darle más de dos puñaditos al día”, me advirtió una de las voluntarias que trabaja con Carmen Manzano y con esa gran familia apadrinada por ilustres malagueños como Dani Rovira. Estaba claro que mi ruina no iba a venir por la espartana dieta del nuevo miembro del hogar; pero el pánico atroz a que otros seres dependan de uno, me hacía dudar de la conveniencia de integrar a Lito en mi vida. Pros y contras; pero… ¿y si mereciera la pena? Tras dos visitas y un breve vis a vis con la niña; quedó claro que aquello no iba a tener remedio. La fiera había llegado para quedarse. Es curioso como funciona el amor a primera vista más allá de la fotos en redes sociales. Despreocupado y vivaracho; con la lengua doblada y la vista bonachona enfocada al infinito mientras ‘pasa’ ampliamente de ti caminando en pequeñas zancadas que realzan su diminuto cuerpo, el peludo protagonista de nuestros anhelos nos robó el corazón en ese recóndito páramo de la periferia de Málaga.

No me siento especial. Me imagino que esta historia se repite una y otra vez más allá de las oficias que con tanta amabilidad atiende Noemí y de la que no paran de entrar y salir almas en gracia que, más allá de las obligaciones tiranas del día a día, encuentran un hueco para darse el gusto de alegrar la vida de estos desheradados que se vieron “como un perro de nadie ladrando a las puertas del cielo” -Joaquín Sabina-. Un relato prosaico de emociones y sentimientos enfrentados en el que finalmente y, como ocurre con las películas de las sobremesas de Antena 3, casi siempre acaba venciendo el amor. El drama, el conflicto y la amargura, que las hay a raudales detrás de muchas de las tormentosas historias de estos animales, es un capítulo que bien merece otro relato. Esas crudas narraciones ya han sido contadas a través de las páginas de la prensa. Hoy prefiero darme el gusto de contar esta otra cara de la moneda porque si de algo andamos faltos desde hace tiempo es de noticias con final feliz.

En los días que anduve por la Protectora hubo una cosa que me llamó la atención; seguramente por contraste con el martirio chino y las caras largas que vemos constantemente al otro lado de las aceras, a través de las ventanas de los coches o en las largas colas del banco. Ni te cuento en Hacienda. A la gente se la veía contenta. Había buen rollo, muchas sonrisas y pocas lágrimas. Quién sabe si una extraña locura se estará apoderando de los hombres y mujeres que trabajan allí o tal vez descubran que existe un compuesto que, emanado por estos canes, te hace ver el mundo como el lugar en el que solo estamos para alegrarnos la vida. Quién sabe… Tal vez, al fin y al cabo, puede que nuestra única misión aquí sea dar y recibir para ser felices.