Estamos en peligro. Vivimos de hecho en él. Muchos frentes abiertos ante un panorama que asusta al miedo.

La pandemia nos convierte en objetivo fácil para el señor de la guadaña y, partiendo de esa base, el resto de cuestiones que nos sucedan, siempre parecerán halagüeñas. Pero al saco de problemas habituales que padecemos los terrícolas de la parte adinerada del planeta, hay que sumarles aquellos que nosotros mismos procuramos que nos pasen.

De unos años a esta parte, la llegada a la política de nuevos partidos políticos de marca blanca, meneó muchísimo el lebrillo de la calma social. Con motivos o no, nos topábamos con gentes que eran como los productos malos de cualquier supermercado: usando saborizantes conseguían engañar al consumidor sin la necesidad de invertir en buenos productos. Partidos políticos sabor progresismo, otros partidos con sabor a derecha light o, los más malos, con poderes ultra como cualquier detergente pero que, en vez de limpiar, dejaba todo sucio.

El tiempo ha pasado y el balance aún no sabemos si está siendo positivo. Quizá sí pues, en parte, gracias a esta revolución se han levantado muchas alfombras que nos hacían mucho más cutres como país y menos desarrollados.

La época black erte gurtel malaya nos ha mostrado lo que todos sabíamos, pero ninguno contaba. Por miedo. Por no tener capacidad para ello. O simplemente por si, de rebote, alguien cercano rascaba algo. Así de simple y lamentable.

Por eso, durante unos años, hemos vivido una época interesante y formativa en el plano político que nos ha servido para saber, entender y diferenciar entre lo idílico y lo real. Entre lo teórico y lo útil. En definitiva, entre vivir en la realidad o en la utopía.

En cualquier caso, esa frescura entrecomillada que supuso la llegada de los nuevos tuvo cosas muy buenas -salvo lo de ir en camiseta al Congreso de los Diputados-, y entre ellas está el ser consciente de que algunas generaciones se han desarrollado en los años clave de la vida conociendo un poco más los entresijos de todo esto.

Sabiendo por dónde tirarás, cuál es el camino efectivo y real y sobre todo para entender que no es necesario la trampa para conseguir las cosas. Balance ahí medianamente positivo. De igual modo, este desbarajuste ha hecho que muchos entendamos que los encasillamientos son cosas del pasado. Que es un error catalogar a alguien por sus formas, apariencias o cartera. Te equivocas siempre. Y de ahí sí que nos llevamos un gran lastre en la mochila con la famosa casta. Esa estupidez que, llevada al extremo, servía para destapar a una minoría a costa de una gran parte de la población. Error tras error en un país donde la gente está más por vivir en paz y tranquilo que por levantar el arma.

Pero cuando la fase uno de estos mundos está desapareciendo, ahora llega el turno de los que faltaban. Los del detergente que ensucia. Los ultras. Los de la chaqueta muy apretada y el pico retorcido. Los del todo mal, el insulto y el desprecio al sistema para, supuestamente, defenderlo.

Un sinsentido que resulta extraordinariamente peligroso. Y en estos días de reconocimiento, recuerdo y concienciación sobre el universo LGTBI lo estamos sintiendo muy de cerca.

VOX, representación política de la nueva ultraderecha europea está calando en la sociedad. Sacan muchos votos. La gente está comprando el discurso clásico de salva patrias que acuden a los más vulnerables para repescarlos bajo el clásico engaño de culpabilizar a un tercero de todo lo malo que le pase.

En una época fueron los judíos los culpables. Ahora son los inmigrantes y los homosexuales los que representan ese peligro según ellos. La repetición robótica de mantras donde se difama sobre el feminismo, la igualdad, la lucha de género o la inmigración son algunos de los cebos en los que fácilmente pica la población.

Pero se trata de algo muy peligroso. Es violencia encubierta. Es odio latente. Un odio también practicado por Podemos en su época, pero sería injusto su equiparación pues jamás en la vida ha sido al mismo nivel. El odio es repugnante sea en el nivel que sea. Pero las medidas son claves para saber ante qué perfil de personajes te enfrentas.

Andalucía está en peligro con estos mensajes campando a sus anchas entre los jóvenes, el ámbito rural o las clases más modestas. Estamos volviendo a ver a gente joven usar la violencia -verbal o física-. Gente “de aquí” que supuestamente tenía superadas estas historias.

Pero se está poniendo de moda presumir de ser ultra. Porque resulta atractivo pues deja a muchos en una posición de superioridad física y moral. Pero cuidado con esto. Porque lo vamos a pasar muy mal como sigamos así. Se leen cientos de mensajes despreciando al colectivo LGTBI durante el mes de sus reivindicaciones. Y esto no se veía en nivel tan desmesurado desde hace décadas.

Que no nos convirtamos en la gran redada 2.0 del pasaje Begoña en Torremolinos o nos vamos a arrepentir. Porque un día nos vamos a llevar un susto. Con alguien cercano. En una conversación. En un almuerzo. Y oiremos la justificación del odio y la discriminación. Y en ese momento seremos conscientes de que, los de las chaquetas apretadas y las mascarillas con la bandera de todos que creen solo suya, habrán ganado la batalla. Hace pocas horas hemos visto un acercamiento histórico entre Espadas y Moreno Bonilla. Dos políticos cortados por el mismo patrón y que entienden las sensibilidades de Andalucía más allá de los dictámenes madrileños. Seguro que provocó acidez de estomago a más de uno.

Pero otros muchos respiramos aliviados al saber que, a unas malas, aquí no se cocinará ningún coctel peligroso para las nuevas generaciones.

Torremolinos fue la clave del aperturismo al colectivo homosexual en España. Y se lo cargaron para dar un toque de moralidad. Ahora se cumplen 50 años de la gran redada del Pasaje Begoña que sirvió para que naciera una corriente social exigiendo derechos y libertades que hoy sigue latente.

La nueva gran redada viene otorgada por representantes democráticamente elegidos que alardean del odio y el desprecio al diferente. Estamos a tiempo de que no ahonde más aún tan peligro mensaje.

Y que los que señalan con el dedo se den cuenta que los únicos anormales son ellos.

Viva Málaga.