Satori ha escrito un blues, un blues circular y claroscuro. Satori ha escrito un blues a lo Howlin’ Wolf pero sospecho que no lo sabía cuándo encontró en la basura aquella foto de ‘Almuerzo en lo alto de un rascacielos’, ni cuando se fijó en el obrero número once y pensó en todo lo que le había llevado hasta allí, ni siquiera cuando entendió que las cosas más geniales surgen de la casualidad, la magia o el destino, junto a un trabajo brutal e incesante, por supuesto, o cuando supo que, definitivamente, hay fuerzas invisibles y confinadas que superan a cualquier voluntad.

Una tarde de primavera, Satori me  llama por teléfono. Me dice va a publicar un libro, que lo tiene escrito. Me pilla con la guardia baja. Me dice que quiere que le escriba el prólogo. Lo dice como soltando un uppercut, justo antes de sonreír como un gato. Le digo que sí y, luego, pienso que es una gran responsabilidad, que me falta tiempo, que no estoy a la altura… Lo típico. Satori me pide que le escriba un prólogo y yo le digo que me pase un borrador y después caigo en la lona, Knock Out y respiro hondo.

Satori ha escrito un blues circular que sabe a bourbon y a rabia, que suena a Howlin’ Wolf y a Ella Fitzgerald. Un blues de Ley Seca y mano de hierro, que empieza antes de que el blues fuese una moda y que atrona como un estruendo silencioso por Baxter Street. ‘Manhattan nunca brilla en la oscuridad’, la primera novela de José Satori, es un blues asfixiado de esperanza, como una canción triste y radiante sobre doce compases y un patrón que se repite machaconamente. Un patrón que insiste, una y otra vez, en bucle, en que para que haya luz debe haber oscuridad, tal y como para que haya ruido debe existir el silencio, y para que algo se llene siempre debemos dejar un hueco.

Le pido a Satori que me pase un borrador y leo su novela en el móvil. Pienso que a veces se confunde la valentía con la temeridad. Pienso que Satori se ha marcado un blues y que es un guerrero y un filósofo y un valiente, qué cojones. Para empezar a escribir el prólogo, necesito hablar con él. Quedamos una tarde en la radio y nos pegamos una entrevista larga sin cuestionario, sin tiempo, un conversatorio que diría García Márquez. Hablamos de la novela, de su vida, de blues y de Dante, del tiempo confinados, perdidos, buscando… Hablamos y entiendo que Satori es pasión, boxeo y swing, que Satori es arrebato y un tsunami ambulante, un veneno pendiente y un tipo de frente, de los que merece la pena conocer.

Conocí a Satori, hace años, en su gimnasio de Chilches en una clase de Kick Boxing. Recuerdo ver un Gif en un muro de Facebook en el que se veían a varios hombres practicando Kick Boxing. Al verlo por tercera o cuarta vez, no supe si hacían Kick Boxing o bailaban swing. Ese era mi nivel: en verdad, no soy muy de gimnasios. Satori llevaba la clase de forma magistral. Todo era, eso sí, raro y distinto. En uno de los descansos, Satori empezó a contar un cuento. Sí, sí, un cuento poético, vertical y extraño, un cuento con una especie de moraleja final. No entendía nada. ¿Una clase de Kick Boxing con un cuento de regalo? ¿Un profesor gladiador y filósofo? ¿En verdad, no estábamos bailando swing? La oferta me pareció irrebatible. Me quedé a la clase, conocí a aquel tipo y, poco a poco, fuimos forjando una amistad que llega hasta aquí.

Satori, en medio del confinamiento y del macabro baile de máscaras, lejos de su gimnasio, sacó a pasear a su perro y encontró una historia en la basura. Satori empezó a escribir y a olvidar, porque escribir también es olvidar, y quiso dejar atrás el mundo que moría infectado, y a sus futuros lectores, y olvidar el ruido y la fiebre y la falta de oxígeno y los cierres de negocios y la miseria y los muertos y todo los demás… Y sólo en ocasiones, entre párrafos y correcciones, pensaba en su hijo y así, cargándose de fuerzas con la imagen de Alejandro, seguía escribiendo, como un loco, cada tarde, a la caída de la tarde, hasta la madrugada.

Y así pasaron los días, y las hojas, y los capítulos…, hasta que un día Satori me llamó una tarde de primavera para pedirme que le escriba un prólogo. Y yo, tras leer su novela en el móvil, escribo que Manhattan nunca brilla en la oscuridad es un blues circular y claroscuro, una colección de espejos que se reflejan unos en otros y un juego de muñecas rusas y rotas, y un estruendo y un silencio pertinente, con gente que sueña en soledad junto a la música de Howlin’ Wolf, Ella o Robert Jonhnson, vidas ásperas e infierno, la gloria pasajera que dura un instante, personajes que sueñan y mueren: la vida, en definitiva, la vida que no es fácil. Aunque sospecho que Satori no sabía nada de esto cuando encontró en la basura aquella foto y se fijó en el obrero número once y pensó en todo lo que le había llevado hasta allí.