Recuerdo la tumba de Juan Ramón Jiménez en Moguer. Una lápida de piedra oscura con dígitos enmarcados que no son más que números que atestiguan la breve ficción de la vida. El nombre de su amada Zenobia lucía en ella. Llegué a aquel cementerio que no era ni grande ni chico, ni bello ni feo, ni oscuro ni claro; a las cinco de la tarde de un miércoles de julio. Fue en 2012 y me tomé la molestia de realizar el viaje desde Sevilla con las gomas de la moto derretidas sobre el asfalto. Salí del trabajo en el edificio Torretriana, sede de la Consejería de Educación de la Junta de Andalucía -eso daría para otro capítulo- con el objetivo de cumplir la promesa que le había hecho a Claribel Alegría dos años antes en su casa de Managua. La escritora y poeta; una de las voces privilegiadas de las letras iberoamericanas del siglo XX, intelectual de aquella revolución sandinista junto a otros grandes como Ernesto Cardenal o Sergio Ramírez, a los que también conocí; me pidió el favor de llevar en su nombre un ramo de rosas rojas al sepulcro del maestro. Para entonces ya era la única discípula viva del Nobel andaluz.

Tras depositarlas llamé a mi querido amigo Daniel Rodríguez Moya. Promesa cumplida. Con él había pasado algunas de las más grandes peripecias de mi vida en tierras nicaragüenses. Ocurrió en aquellos veranos tropicales en los que crucé el charco en su privilegiada compañía. Me presentó a muchos grandes, me llevó al encuentro de gentes de un extremo a otro del país y, sin saberlo, acababa de sembrar en mi el ‘veneno’ del amor por Centroamérica, por esa revolución fallida, por la historia de la patria de Rubén Darío, que es también la historia de América Latina, el lamento de los atracos ‘yanquis’ a los que fueron sometidos estos pueblos, gentes humildes frustradas tras la lucha en la que creyeron y murieron y a los que luego traicionaron líderes como el hoy presidente Daniel Ortega. Junto a su esposa Murillo son el ejemplo de ‘caudillos gentuza’ que emanan retórica bolivariana de tomo y lomo que, leída entre líneas, no es más que moralla dialéctica para esconder este terror milenarista de los tiranos a los que habíamos creído derrotados. Hoy son los nuevos Somozas, Batistas, Maximilianos, Osorios o Lemus.

Odio tener que admitirlo, pero cada vez que hablo de política con algunos de mis compañeros docentes y no docentes no me queda más remedio que terminar las disertaciones con el latiguillo ‘las ideologías han muerto’. Por desgracia, la realidad y los juegos de poder que tiran del mundo desde hace años no hacen más que darnos la razón. Es un fenómeno que lleva cociéndose décadas a fuego lento y que se ha pilotado en los puntos más calientes del panorama geopolítico internacional con más o menos éxito. El caudillismo ha sumido en la miseria el discurso progresista del pueblo. Se ha apropiado de él y lo ha convertido en un sumidero de mierda que no hace más que llenar los bolsillos de unos pocos -de ellos y de sus familias, para entendernos-. Y mientras tanto, esos que sirven de coartada para justificar tal retórica, siguen pudriéndose en casas con techos de chapa oxidados, en patios plagados de bolsas de basura y en escuelas y hospitales en los que el bisturí es un cúter y en las que los bolis Bic son preciados objetos de deseo que vienen en buses de marca blanca.

Ya sabemos que la alternativa a esto es el capitalismo salvaje de la ley de la selva que ahora representan los dictadores transnacionales de Amazon, Google, Apple, Microsoft o los ‘narcisos’ del taco en el bolsillo que amasan divisas con la explotación inmisericorde de los reos del textil en el sudeste asiático. Lo mismo da. Tan sólo hay una diferencia, que es pena, y es que estos personajes han existido siempre con distintos nombres desde que el mundo es mundo, de Roma a Cártago o de Prusia a Siberia. El tema estaba inventado y amortizado; y seguramente así seguirá hasta el fin de los días en la Tierra. Pero también es verdad que nada esperamos de ellos. Nunca lo hemos hecho. En los que sí había fe era en los revolucionarios que venían a liberarnos. Pero se cargaron la magia, consumieron la esperanza y pervirtieron la ilusión. Nuevos ‘Francos’; nuevos ‘Stalins’y ‘Mussolinis’ al otro lado del Trópico. Si algo aprendí en mis viajes a Nicaragua; si algo me descubrieron todos estos intelectuales que creyeron en la fuerza del cambio es que el poder corrompe y pudre las entrañas del que le ostenta. Es una especie de ‘lado oscuro de la fuerza’. Mucho se habló, se debatió y se soñó en aquellas calles de Managua. Que pena!! Mi amigo Dani, poeta y periodista, presentó la pasada semana su documental ‘Nicaragua. Patria Libre para vivir’. Supongo que pronto lo traerá a Málaga. Es duro; durísimo, pero telegrafía y documenta a la perfección el régimen de terror que el ‘Orteguismo’ ha impuesto en el país. Asistí a la proyección y charlé unos minutos con él. Recordé a Claribel, a Ernesto y a Sergio Ramírez. Me acordé de la familia de su mujer, Magali, y de las calles de Granada -la nicaragüense, no la andaluza-. Después me marché y volví en moto a casa portando la dura carga de la confusión y la melancolía de la traición; de la maldad de la retórica del poder y de toda la corrupción y podredumbre que nos rodea. Espero que ‘la muerte de las ideologías’ traiga algo mejor, un discurso no dogmático basado en la bondad, la independencia, la lealtad y el servicio al prójimo. Existe. El problema es que sus adalides nunca ocuparán la poltrona del salón presidencial.