«Bienvenidos al Berlín Occidental», se podía leer en el cartel. «A la izquierda, a la izquierda, un poco más, a la derecha… Ahora, perfecto», dijo ella. Colocaron aquel cartel en la puerta de la casa y entraron riendo, satisfechos, convencidos. Acababan de pasarse, sin saberlo aún, una nueva pantalla del juego.

Vivir como dentro de un cuento de Cortázar, donde suele funcionar alguna puerta que conduce a otra realidad. Ahora estoy aquí, en mi casa, con esta columna, en medio de este impasse de madrugada eterna, pero cuando termine este texto, abriré la puerta, habrá amanecido, y estaré en cualquier lugar. Suele funcionar así.

De pronto, cambiaron todos los titulares de los periódicos, de forma radical, de un día para otro y aquella música sonaba mejor: «El Campeonato Mundial de Fútbol lo ganan todos los países a la vez»; «En las academias militares han comenzado a enseñar poesía»; «Fin a los tipos de interés», «Decidido: nunca nada les pasará nada malo a los niñ@s».

Una mirada, un helado, un beso, un mensaje privado en Facebook -»buenos días, has dormido bien»-, ese lapicero de IKEA que encontraste en tu bolsillo y que te recuerda tanto a ella, la línea de meta de volante, la línea de meta, el próximo libro, los nuevos sueños, los viejos amigos… «Para ser feliz hay que serlo», le dijo un día mientras tomaban copas de bitter con ginebra y mucho hielo, otra copa a la caída de la tarde, y añadió, «la felicidad hay que trabajarla». Y reírse, reírse mucho, de todo, de todos, por supuesto, de ellos, los primeros.

También les gustaba quedarse bajo el marco de las puertas y ver cómo pasaban los terremotos.

Berlín Occidental como una metáfora de una nueva vida. Tantos años después, frente al mar, de nuevo, otra vez, todos los días alegres, satisfechos, convencidos de aquella decisión de dejarlo todo y empezar de nuevo. Pase lo que pase, como decían los Smiths, «hay una luz que nunca se apaga» – There Is A Light That Never Goes Out-, y él ponía música y ella sonreía porque sabía que a él le gustaba poner esa música.

Caía la tarde, bebían algo y hablaban mucho. Se contaban historias que habían leído o escuchado. Como aquella de una joven negra, miope, Elvita Adams, víctima de un cuadro depresivo que saltó desde el piso 86 del Empire State Building. Su idea, le dijo, era el suicidio. Sin embargo, una fuerte racha de viento cambió su suerte, y la llevó de nuevo al interior del edificio en el piso 85. Sobrevivió sólo con una fractura de cadera. «Todos los principios son finales…, finales disfrazados de oportunidades, de principios», terminó, y añadió él: «Lástima que la suerte no se pueda almacenar».

Y así fueron pasando los días, los meses, los años, más de 15 años en Berlín Occidental, más de 25 juntos, y se dieron cuenta muy pronto de que un vacío relleno de vacío sigue siendo un vacío y de que era mejor tener paz a tener razón. Hacer las cosas bien y hablar mucho de todo, hablar libremente, con respeto, hablar a la caída de la tarde, como siempre, como antes de todo. Y reírse, reírse mucho de la vida: «que nada es tan importante».

Y ahora llega el verano, y terminan las temporadas de los presentadores de la tele y hay que adaptarse a las nuevas rutinas y descansar, eso dicen, «descansa y piensa en nuevos proyectos», me dicen. Y llega el verano, digo, y yo me encuentro aquí a esta hora extraña, una hora que no existe para casi nadie¸ en medio de este impasse de madrugada eterna y, de pronto con lentitud poderosa comienza a amanecer.

Desde mi ventana se ven las primeras luces lamiendo los naranjos silvestres, yo reflejado en las luces, y ya se escucha el canto de algunos pájaros despertadores, y recuerdo un poema de Ángel González al respecto: «Una sombra más leve y más sencilla, que nace de tus piernas, se adelanta para anunciar el último, el más puro milagro de la luz: tú contra el alba».

Es entonces cuando subo corriendo la escalera para saber si sigues ahí en la cama, si no te has ido aún, si sigues tú dentro de tus sueños, y al verte durmiendo yo vuelvo a soñar con lo que estarás soñando, y vuelvo quince años atrás, cuando pusimos el cartel de Berlín, «a la izquierda, a la izquierda, un poco más, a la derecha…», y pienso en los días, en los meses, en los años juntos, en todo lo hablado y reído, en The Smiths y en aquello de «hay una luz que nunca se apaga», en esa sombra sencilla que nace de tus piernas, el más puro milagro, justo en este instante: «otra vez, tu contra el alba».