La semana recién terminada ha estado marcada por la carne. Más concretamente por la polémica. La que en España desató el vídeo del ministro de Consumo, Alberto Garzón, donde solicitaba reducir el consumo de carne en el país europeo «que más carne consume, según datos de la FAO».

Pero también han sido noticia el alarmante incremento de las tasas de incidencia del coronavirus, el buen papel de la selección española de fútbol, al terminar invicta el Europeo, o el vigésimo Grand Slam con el que el serbio Novak Djokovic ha igualado a Federer y Nadal en el podio histórico del tenis mundial.

El flamante campeón de Wimbledon es un año más joven que Rafa Nadal y tiene casi seis menos que Roger Federer. Juntos ya reúnen la friolera de 60 títulos grandes, equivalentes a 15 años consecutivos sin que nadie más se apunte uno solo. Es prácticamente lo que ha ocurrido durante buena parte de las dos últimas décadas.

De los tres conocemos aficiones, manías y hasta puntos de vista diferentes, a la hora de analizar cómo de complejo es el actual circuito mundial de la ATP. A Nadal le hemos admirado desde siempre por su tremenda capacidad de sacrificio, su resistencia y capacidad muscular, así como por la mejora que le ha imprimido progresivamente a su saque.

Sin embargo, es Djokovic el que a lo largo de su extraordinaria carrera ha tenido un punto de inflexión más acusado. Hemos visto tanto a Nadal como a Federer alternarse en el liderazgo global, camino de la veintena de «grandes», hasta que cierto día vimos al serbio empezar a jugarle de tú a tú tanto a uno como a otro.

Tenemos que remontarnos al verano de 2015. Djokovic ganaba su tercer título en Wimbledon, se preparaba para conquistar su segundo Abierto de Estados Unidos e incluso iba camino de conquistar, en el arranque de 2016, su sexto Abierto de Australia. En ese momento empezó a saber por qué tenía ciertas dificultades en algunos de los torneos más exigentes del circuito.

De hecho, desde ese instante ha logrado encarrilar la mitad de los Grand Slam que actualmente atesora. Pese a las lesiones y con el permiso de los propios Federer y Nadal, en poco más de un lustro ha crecido como nunca. Y todo porque ciertos análisis certificaban que el origen de parte de sus problemas se encontraba en su alimentación.

El año pasado le confesaba a Garbiñe Muguruza, en un encuentro organizado por la asociación de tenistas profesionales, que en este momento practica «un ayuno intermitente». El número 1 de la clasificación masculina del tenis internacional le indicaba a la española que intenta estar 16 horas «sin consumir realmente muchas calorías o nada» que requiera energía para hacer la digestión.

A esa dieta que, como aseguran algunos expertos, siempre debe ser supervisada y controlada por profesionales, le siguen ocho horas seguidas de ingesta de alimentos. «No lo hago todos los días, pero me gusta hacerlo», matizaba un tenista que hace unos seis años descubría que era intolerante al gluten.

Desde ese momento abandonó la práctica bastante frecuente de comer carne hasta tres veces al día. Y se pasó a una dieta vegana «no estricta» a la que añade ciertas prácticas saludables: «Me gusta empezar el día, no todos, con un vaso de agua caliente con limón, gotas de platas, son muy muy buenas para las bacterias y ese tipo de cosas. Y luego me gusta tomar un zumo verde con espinacas, verduras y algas espirulinas. Y frutas», explicó a Muguruza.

Dicho todo esto, no quiero dejarles en este arranque de la semana un sabor agridulce. Es tiempo de verano y puede que este mediodía tengan preparado de menú barbacoa. Lo primero, disfrútenlo. Y lo segundo, ni se les ocurra sacrificar las tan necesarias proteínas en nuestra dieta mediterránea. Sí debemos buscar el equilibrio y, como consejo, conocer nuestras limitaciones.