Y a no se hacen sofás como antes. Antaño duraban una vida, ahora solo un montón de años. Cambiar de sofá sí que es salir de la zona de confort. Sobre todo en ese incierto rato en el que se han llevado el viejo y aún no han subido el nuevo. Es en ese momento clave cuando uno imagina, atisba, qué sería la existencia sin sofá. Sin lugar donde, al final de la jornada, roto, uno se tira para dejar que los huesos vuelvan a ensamblarse, el ánimo se serene, la espalda deje de doler y acuda alguien solicito con una cerveza. En el sofá se piensa, se ama, se come y bebe y hasta se leen libros provechosos y se ven series tontas o inolvidables. Cada noche gobernamos el mundo en el sofá con nuestro teléfono. Al fin a salvo en el hogar, damos me gusta o ignoramos, subimos una foto o hacemos una compra, curioseamos, miramos el mundo y elegimos a quién queremos que nos mire. Desde el sofá. Los más sibaritas, desde la cama. Lo bueno de una casa pequeña es que no hay mucha distancia del sofá a la cama y viceversa, aunque bien es verdad que si la casa es muy grande se pueden poner muchos sofás.

El sofá de la siesta, el de los magreos, el del patriarca, el de mirar el mar. El sofá azul, el rosa, el estrambótico. En las casas de antaño, el sofá del salón estaba reservado a las visitas. Niño, deja a la tía Ernestina que se siente ahí.

Cuando jubilamos un sofá se lleva nuestro sueño y también el insomnio, sudores, pensamientos, miedos y lecturas. Yo leí ‘Guerra y paz’ en un sofá blanco muy suave y cada vez que trataba de continuar la lectura en otro sitio me atrancaba, me dolía la garganta, me daban escalofríos. Solo podía leerlo en ese sofá blanco, que me daba mucha paz. Una vez en un autobús saqué ‘Guerra y paz’ de la mochila y lo abrí. Se había quedado en blanco. Todas las páginas en blanco. Sin paz ni guerra. Entonces lo supe: lo cerré súbito, asustado. No lo volví a abrir hasta que no estuve en mi sofá blanco.

Hay gente que cuenta su vida en coches. Esto lo hice cuando tenía aquel Seat. Otros la dividen en según qué vivienda, me ligué a Merceditas cuando vivía en la avenida del Trabuco. A mí me gusta segmentarla en sofás, ahora vivo en un sofá azul y soy bastante feliz en él, aunque a veces lo noto un poco hundido. O sea, bajo de ánimo. O soy yo, que me pese más el culo.