Lo que son las cosas. Resulta que fue inconstitucional aquella primavera detenida, aquel tiempo que vivimos intramuros, aquel confinamiento que nos tuvo intimidados, en el que por orden gubernamental se nos prohibía lo que, al parecer, no estaba en su mano prohibir. Y nos lo dicen ahora, año y medio después, en el preciso instante en que ya no sirve para nada. La justicia, si no es rápida, no es justicia, enseña el viejo proverbio.

De modo que llega oportunamente lenta la justicia cuando Sirio ‘la abrasadora’ da comienzo a la canícula, a ‘los días perros’ (canícula deriva de ‘canes’, perros en latín), estos días lentos, parados bajo su propia sombra, en los que a mí me da por regresar a mí mismo.

No sé qué me pasa siempre en estos días, pero cuando llegan todo se me vuelve nostalgia y vuelvo a veces la cabeza, esperanzado, por si mi niñez sigue cantando aquel verano en que bailaron las acacias. Porque hay un momento de la infancia, allá por los nueve, diez años, en que de pronto eres por vez primera capitán de ti mismo y te aventuras a coger la orilla de las vides cuando el poniente ventea la sal y sabes que el mar está llamándote con su voz de amigo. Y cruzas libre los campos hasta encontrar tus propias huellas en la arena, y llegas a tiempo para ver cómo el sol se ahoga donde se muere el río, y compruebas que en bajamar las olas tienen el dorso ocre y se alza el hondo olor de la marisma. Y caminas descalzo por el limo, acompañado de un silencio minucioso, y te es dado ver la lumbre de la isla que esconde el agua, reconocer el antiguo misterio.

Había, en esos días sin tiempo, un modo perfecto de felicidad, aunque seguramente entonces no supe reconocerlo, porque la vida es siempre un campo de batalla y el fragor no deja reconocer los milagros, pero eran esas cosas las que le daban sentido a la niñez, a la vida, y hacían que esos días fueran, sigan siendo, ajenos a los siglos.

No sé si será constitucional, pero a mí me gusta que en este tiempo se pare el tiempo, que por estos días todo se demore un poco en sí mismo, como si la luz tuviera pereza de ser la luz y el tiempo se hubiera cansado de ser el tiempo y necesitase detenerse un instante para tomar aliento antes de seguir su infinito viaje.

Me gusta que en la buganvilla, entre los nidos de los gorriones y los mirlos, el silencio tiemble en la claridad serena de la mañana. Que, sentado al borde del camino, el tiempo pida un poco de tiempo y acerque sus manos azules a la luz para hacernos saber que todo es siempre todavía.