El pasado sábado se puso el punto final a la XVI edición del trofeo de selecciones más prestigioso del Viejo Continente, la Eurocopa 2020. 24 han sido las naciones participantes, para un total de 51 partidos disputados, en los que la emoción ha sido la tónica habitual en la práctica totalidad de los duelos.

Salvo contadas excepciones, el nivel de juego mostrado ha sido notable, lo que demuestra que el fútbol de hoy en día se ha convertido en un deporte en el que el nivel físico de los jugadores prevalece sobre la calidad técnica, dejando atrás aquel romanticismo de los años 80 y 90 en el que la exquisitez y mimos al balón eran condiciones innegociables, para dar paso a un juego vertiginoso y de puro músculo.

Nuestra selección, que claramente ha ido de menos a más en la competición, ha estado a punto de dar el campanazo y meterse en la final. Pero los malditos penaltis y la eterna fortuna azzurra –hasta en el sorteo de quien lanzaba primero y en la portería en la que se dilucidaría el finalista–, hicieron el resto para dejarnos en la cuneta cuando mejor jugamos; y haciendo bueno eso de «jugamos como nunca, perdimos como siempre», que tanto nos ha caracterizado a lo largo de la historia. De haber mediado justicia en el encuentro y tal y como dijo un ex internacional italiano como es Antonio Cassano, España debió de ganar por 4 o 5 goles a cero.

Sin lugar a dudas y como predijo un servidor a principios el campeonato, Dinamarca ha sido la gran sensación. Después del mal trago vivido en la primera jornada ante Finlandia, donde su gran estrella Christian Eriksen a punto estuvo de perder la vida tras el problema cardíaco sufrido durante el desarrollo del partido, y tras dos derrotas consecutivas, la antaño denominada «Dinamita Roja» supo resarcirse y salir a flote. Sendas goleadas ante Rusia y Gales, y el ajustado triunfo en cuartos ante la República Checa, lo hicieron posible. Posteriormente y queriendo emular a los grandes campeones de 1992, en un partido memorable en semifinales ante Inglaterra en Wembley, únicamente un inexistente penalti en la prórroga y la más que previsible tanda de penaltis que se avecinaba y donde los ingleses «nunca ganan», les privó de plantarse de forma flamante en la finalísima.

Inglaterra-Italia, una final con gran caché nos esperaba en la cuna del fútbol, para decidir el campeón. Las dos escuadras más solventes del campeonato cara a cara. Los azzurri de Roberto Mancini, con un juego heredado de aquella España que tanto nos maravilló a principios de la década pasada; y la verticalidad de los de Gareth Southgate con un Harry Kane que fue creciendo a medida en la que avanzaba el torneo, era un verdadero cartel de lujo. Y así se preveía en los primeros instantes de juego con la salida en tromba de los británicos, que en apenas tres minutos y en una arrancada llevada a cabo por el propio Kane, hizo posible que Luke Shaw, a centro del colchonero Kieran Trippier, adelantase a los «tres leones» en el marcador. La locura se apoderó del templo sagrado del fútbol y todo parecía encaminarse a una clara y solvente victoria local.

Italia me recordó en aquellos momentos al equipo que apenas cinco días antes había derrotado injustamente a España. Por momentos anduvo perdida sobre el terreno de juego, pero de manos de un extraordinario Federico Chiesa, supo rehacer el vuelo y muy lentamente se fue cociendo lo que sería el gol del gran central juventino Leonardo Bonucci en el minuto 67. Inglaterra, desde su gol, desapareció de forma incomprensible del terreno de juego. Cuando tuvo la oportunidad de finiquitar el partido con un segundo tanto, el conformismo de su entrenador dio chance a los transalpinos que no desaprovecharon la oportunidad.

Y se vino la prórroga, como dirían en Sudamérica. Inglaterra intentó arrancar de nuevo, pero no tenía argumentos, fiel reflejo de su entrenador. Italia lo intentaba, pero el gran esfuerzo físico derrochado en los 90 minutos les pasaría factura. Sobre el minuto 120 a Southgate le daría un ataque repentino de entrenador de esos que son incomprensibles, y metería en el terreno de juego a Rashford y Sancho, con la única finalidad de ser dos de los candidatos en los lanzamientos de penalti.

Y así fue como los pobres chavales que entraron fríos y dubitativos apenas unos minutos antes, fallaron sendos penaltis, que junto al casi adolescente Bukayo Saka, se convirtieron tristemente en los verdugos de toda una nación, por culpa de una más que discutible decisión de un seleccionador cuya actuación durante todo el partido fue muy cuestionada. El gunner fue el encargado de lanzar el último penalti y Donnarumma, con una impecable estirada, neutralizó el lanzamiento. Italia, cuyo oscuro pasado reciente le había privado estar en el Mundial de Rusia 2018, lo había conseguido, eran ¡campeones de Europa!