El rumor de la lluvia sobre las hojas de las encinas producía una música dulce como un murmullo de mujer». Como si de un responso se tratara, copio estas palabras que he encontrado en la ‘Madre marchita’ de Curzio Malaparte. Hay una imagen en blanco y negro que se repite en no pocos documentales de la Segunda Guerra Mundial. Sobre todo en aquellos que suelen enfocar escenas del desmoronamiento final del Tercer Reich. Es un primer plano de la cara herida de un preadolescente alemán, casi un niño, con un ojo vaciado en una acción de guerra. No deja de ser un frágil aprendiz de guerrero, dentro de su desgarbado y sucio uniforme de la Wehrmacht. Un flequillo de escolar que le cae sobre la frente hace que la ausencia de ese ojo sea lo que domine en ese rostro demasiado joven.

De alguna forma esa imagen podría haber ilustrado uno de los párrafos finales de ‘Kaputt’, la obra maestra de Curzio Malaparte. Por cierto, magnífica en su recién refrescada versión española, gracias a la ejemplar y siempre docta traducción de David Paraleda López. Fue editada ésta en 2009 por Galaxia Gutenberg y el Círculo de Lectores.

En aquella guerra, Curzio Malaparte, el ‘arcitaliano’, buscó lecciones y bellezas imposibles en los frentes del este de Europa. Terminó ‘Kaputt’ antes del final de la contienda. Su siguiente libro, ‘La Pelle’, vino después. Se publicó en 1949. Fue la historia de la derrota final de Italia. Tanto la moral, como la política y la militar. Fue también la tragedia que muchas veces dejó sus huellas en las pieles de las víctimas. Muy especialmente sobre los cuerpos de aquellas desdichadas mujeres de la Campania napolitana, roturados por los soldados de los ejércitos de ocupación.

El ser humano tiene una bien demostrada capacidad para poder saltar sobre el horror. Capacidad que la piedra y sobre todo el cemento no tienen. El cemento puede ser el más dócil y también el más brutal de los esclavos. También puede ser intensamente dañino y malévolo. Cuando no se le permite convertir su espacio existencial en fuente de inocentes armonías.

Me siguen llegando preocupantes noticias sobre el destino que podría acechar a un hermoso rincón del puerto de Málaga, la ciudad donde nací. Desde hace ya algunos años, la amenaza de un Armageddon de especulación y cemento se cierne sobre ese paraje. Esa esquina, ese ángulo, aparecía ya en viejas fotos familiares, amarillentas y aromáticas, pues se guardaban en cajas de puros habanos vacías. Las que nos regalaban las simpáticas dependientas malacitanas de un estanco de la plaza del Carbón. En una de esas viejas fotos vemos también a los árboles del parque de Málaga. Cerca de las aguas de la mar, contenidas por los malecones del puerto. Un mundo amable, tan exótico como verde y fresco, contrapunto de los eriales del estío de una Málaga, tantas veces apasionante. Para algunos de los que en aquello tiempos duros no teníamos nada, aquel oasis, ya cerca de La Farola, se convirtió en nuestro secreto jardín.

Me dicen que se intenta desacralizar un fragmento del alma de Málaga, ciudad en muchos aspectos irredenta. El azote del cemento unido a la codicia puede ser peor que las calamidades que afligían a los tristes personajes napolitanos de Curzio Malaparte. El cemento, al no tener los atributos sagrados del pan de la oda de Pablo Neruda, puede ser malvado. Me imagino que el espacio donde se alojaba el ojo vaciado de aquel jovencísimo soldado alemán iría recuperando pacientemente su humanidad. Con el paso del tiempo su rostro adoptaría el aire de un viejo y noble mapa, en el que aquel costurón tendría su acomodo. Al cemento esa metamorfosis no le estaría permitida. Siempre se encierra, inmutable, como un dios rencoroso y bastante estúpido, rey despótico de su propia cárcel. Necesito pensar que nunca se atreverán a entronizar a esa hosca y estéril deidad en aquel rincón sagrado del milenario puerto de Málaga, mi amada ciudad, nuestra casa desde los tiempos de aquellos lejanos navegantes fenicios.