De manera creciente vamos cayendo en la trampa de existir más, para vivir menos. Pareciere que la senescente y valetudinaria cultura del sistema, en rabiosísima fase creciente, pretende mirificar su hazaña apostando más por la longevidad de la esperanza de existir que por la de la esperanza de vivir. La existencia tiene todo que ver con las funciones biológicas del hombre y con la esperanza de crecer en años; vivir tiene todo que ver con la consciencia, con el aquí y el ahora de todos los instantes que conforman la existencia. Conste, que lo que acabo de afirmar no aspira a ser un filosofema. En síntesis, solo pretende ser una humilde entradilla a una tautología primaria, tan sencilla, que hasta nos lleva de la vida a la muerte, desapercibida instante a instante, día a día y lustro a lustro.

En el plano político acates y tartufos se instalan en los balcones equilibristas de sus singulares yos giróvagos y dedican su existencia a asaltar los conventos de las ideas para donjuanear con ellas y con sus engendros. Y, como resultado de ello, las urnas hablan y sus resultados braman dimes y diretes y dicterios y apóstrofes..., para que, a posteriori de ello, cariacontecidos y ojienjutos por tanta jeremiada, los políticos que viven de serlo tomen consciencia de que la necesidad apremia y aconseja imposibles connubios de interés que, por lo general, nacen muertos. Y, entretanto, el respetable, hasta las turmas.

Evidentemente, el universo de la política no es más que el reflejo del universo social que le otorga su razón de ser, eso sí, interesada y adredemente intervenido para cumplir, primero con sus fines partidistas y después, cuando es posible, con sus votantes. Suena a entelequia, pero no lo es: la política tiene más que ver con los grupos y grupúsculos políticos, que con la vida de sus votantes. O, expresado de otra manera: la existencia del grupo, en el riguroso sentido de existir, prevalece sobre la vida, en el estricto sentido de vivir, de los que le otorgan su identidad primigenia. La política profesional de nuestros días apuesta por existir, como concepto, porque no se atreve a apostar por vivir. Sería hermoso que todos lográramos vivir todos los días de nuestra vida, pero....

–¡Vale..., también los políticos que viven de serlo!

En el plano individual, es decir, en el plano universal de cada individuo, la existencia, que actúa como medio de transporte entre el nacimiento y la muerte, es la madre de todos los proyectos. Una mala madre. El sapiens lleva demasiado tiempo entregado al bucle automático de existir que lo lleva y lo trae de acá para allá sin participación de su consciencia. En este sentido, nótese que en ninguna oración bien construida en la que participe el verbo existir tiene cabida el adverbio «adrede». Existir es el carricoche que traslada al hombre sin su participación, vivir es la decisión responsable del hombre de incorporar intencionadamente su consciencia durante todo el trayecto del viaje. No recuerdo si lo dijo alguien o si fui yo mismo quien lo expresó alguna vez: Existir es como vivir, pero a ciegas... Pues eso.

El turismo de nuestras entretelas, a la altura de su edad actual, tampoco escapa a su naturaleza inducida. La historia da fe de las huellas indelebles del savoir-faire de sus impulsores primigenios y de los más que crasos errores cometidos por ellos mismos. Excepto en lo que respecta a la herencia histórica y las bondades naturales de nuestros destinos, tanto las debilidades como las fortalezas actuales del turismo son la consecuencia de las alternancias entre el existir y el vivir en las que, por inducción, ha pivotado la industria del turismo de masas desde su nacimiento. Sin aquellos empujes de entonces las virtudes del turismo actual no habrían sido posibles, y tampoco sus defectos, que en demasiados casos tienen una difícil solución a esas alturas.

Respecto del turismo y de la naturaleza de los numerus clausus, como concepto, hay una pregunta inocente que me ronda la sesera. Si la Academia los viene aplicando desde siempre, las farmacias los disfrutaron y los sufrieron durante años, China, aunque adulzados, los sigue aplicando, las pandemias los imponen... Jo, por demostrarlos hasta el concepto «excedentes de cupo» los demostró en una España de otrora...