Lunes. Adjetivar el terral. Como si fuera un ejercicio escolar. Este viento lo anula todo. Emputece, amarga, quita ganas, aplasta, doblega. Le baja a uno la tolerancia. Se le descabalga el ánimo. Cae fuego. Atisbo una suerte de violencia contenida. Caminar es suicida.

Martes. Salgo al balcón. Seis de la mañana. Veo a un hombre que pasea a su perro. A lo mejor lo han puesto ahí para que yo lo vea y lo meta en este diario. Los hombres paseando al perro dan mucho juego. Y las mujeres. Trato de imaginar por qué lo pasea tan temprano. Qué obligaciones le esperan. Al hombre, no al perro. Fantaseo con el día que pasará el animalín, simpático y de tamaño medio, en esta jornada que también puede traer mucho calor. Hay una claridad dudosa y pasan algunos coches. Si tuviera perro aún dormiría. Yo, no el perro. Imagino que me fumo un cigarrillo y doy hasta imaginarias caladas. Me tumbo en el sofá a escuchar la radio. Oigo gaviotas. Cada día tiene su afán y puede que el de hoy sea aprender el nombre de los nuevos ministros. O profundizar en la lectura del porqué de la revolución comunera en Castilla. Por la noche veo una de Calparsoro que homenajea, recuerda, al cine quinqui. Para que la jornada sea cíclica me faltaría salir al balcón. No salgo.

Miércoles. Dijo el filósofo que estos son tiempos líquidos. Y tanto: me he aficionado al café con hielo. Siempre lo creí brebaje. Ahora lo necesito. Almuerzo líquido: gazpacho, Coca Cola y más café con hielo. O sea, liquido el almuerzo a base de líquidos. Hoy no tengo credenciales para ingresar en la Academia de Gastronomía. Cuerpo para nada. Ganas de nada. Nado. Como si quisiera alcanzar una orilla que me llevara al otoño. Me siento bien. Ahora. Después de nadar. No sé por qué no nado más. Recorro los treinta o cuarenta metros que hay de la piscina al chiringuito para aceptar la invitación a cerveza que por whatsapp he recibido mientras luchaba brazada a brazada contra el agua mansa. No sé si beber botellín o caña. Más líquido. Lo veo todo más claro, mucho menos complejo y líquido todo, al tercer botellín. Pero no tengo un argumento sólido para expresarlo.

Jueves. Escribo el comienzo de un relato sobre una familia que ha olvidado un peluche en el hotel. Cuando el niño cae en la cuenta y da el grito de alarma ya han recorrido cien kilómetros. El debate, padre, madre, hijo, es sobre si volver o no. Se me van las intenciones hacia el terror, cuando claramente había planeado una narración ligeramente satírica sobre las vacaciones. Los ojos del peluche son inquietantes en mi relato. Pero hay que elegir muy bien en qué momento de la historia se coloca tal adjetivo. O si lo interesante es darlo solo a entender.

Viernes. No, no, al vermú le va un leve perfumado de ginebra. Con mucha, te lo cargas. Hay que oír la voz de la experiencia. Y que traigan aceitunas. Llega luego un blanco portentoso con los taquitos de esturión con caviar. A continuación, ajoblanco, tomate huevo de toro picao y atún para finalizar. Regamos con Rioja. La sobremesa es sobre política y cuando al café se unen dos gintoneros el conciliábulo es claramente favorable a organizar un viaje en otoño a esas tierras que los romanos bautizaron como del Duero extremo. Llego a casa a las diez, hora a la que hay que llegar al hogar cuando se come fuera. El camino a pie ha sido a esa hora especial del verano en la que la calor cede y la claridad y el solano se van pero aún hay mucho trasiego en la calle. Hora mágica. «Donde se pueblan de tinieblas los espacios y de sueños las almas», que dijera el poeta José Asunción Silva.