Hay muchas formas de mirar hacia otro lado. De llevar a la práctica, como recitaba Góngora, lo de ande yo caliente, y ríase la gente. Pero en estos tiempos que nos han tocado vivir, hasta cuando más azota el terral a este lado del Alborán, resulta bastante complicado no quedarse helado a golpes constantes de realidad.

Andas tranquilo en tu sillón o te adentras en el mar ya caída la tarde, sin estrés vacacional que valga, y de repente un calambrazo. El de la medusa que riega de escozor tu empeine o el de la primera factura eléctrica, donde nadie ha descontado tus cien lavados nocturnos.

Hay muchas formas de aclarar la ropa con las Deltas Acuáridas sobre nuestras cabezas. Porque lo de poner la lavadora a partir de las diez sí que trae cuenta. Nos permite disfrutar, allí donde la contaminación lumínica de las grandes urbes no es obstáculo, de estas lluvias de estrellas tan propias de julio y agosto. También de encuentros interplanetarios, como el de Venus con Marte de hace días. E incluso nos permite ratificarnos en lo de «dormir es de cobardes», sintonizando los últimos coletazos de la NBA y su definitiva lucha por el preciado anillo.

A partir del viernes se nos vienen muchas lavadoras, sí. Porque los amantes de todo tipo de disciplinas deportivas no vamos a poder pasar olímpicamente de las retransmisiones en directo que nos ha preparado La 1 de TVE. Y vendrán de madrugada, como el Abierto de Australia de Tenis, como los Juegos Olímpicos de Pekín o los grandes premios del motor cuando se celebran en el más lejano de los orientes. En pleno horario valle.

Hemos tenido que esperar todo un año y va a costar resistirse a no revivir, a diario y en riguroso directo, acontecimientos aparcados desde hace cinco años. Por el camino de estos últimos 12 meses de espera han pasado muchas cosas.

Por ejemplo, a estas alturas más de la mitad de la población andaluza ha completado toda la pauta prevista en el plan de vacunación frente al virus, mientras que los casos activos, de entonces a ahora, se han multiplicado por 20. Al jovencísimo Tadej Pogacar, por su parte, le ha dado tiempo de adjudicarse un par de trofeos como ganador del Tour de Francia.

El ciclista esloveno fue coronado este domingo en medio del revuelo que este fin de semana han armado los negacionistas en toda Francia o de ese otro reguero de muertes que han deparado las graves inundaciones registradas en Alemania o Bélgica. Al nuevo talento del deporte que en España globalizaran los Induráin y Perico Delgado seguro que no se atreven a pedirle ese favor que antes de la pandemia le plantearon al británico Geraint Thomas.

Al ganador de la ronda gala en 2018 le pidió tan preciada copa la firma Pinarello, patrocinador de su equipo, el entonces Sky. Serían sólo unos cuantos días, con el objetivo de plantar el trofeo en una exhibición en Birmingham. Pero el evento concluyó con la mala pata de que todo el mundo pasó olímpicamente de la preciada joya deportiva. «El trofeo quedó desatendido durante la limpieza después del show», alegaron fuentes de la organización.

Thomas se tuvo que conformar, dos meses más tarde, con recibir una réplica exacta de su galardón. Ríase la gente, sí. Maldita la gracia. Por eso dudo mucho que a Pogacar le pidan una copa de más, incluso ahora que ya tiene dos.

En tiempos de los millones de mensajes instantáneos, de los innumerables vídeos subidos a la red en cuestión de segundos, tienes todo el rato a miles de personas pasando olímpicamente de ti. Por no decir millones. Eres más global que nunca hasta para la peor de las desdichas. Con más amigos que nunca, casi ninguno te presta atención. ¿La excepción? Aquel que de repente te leyó y que de inmediato contestó. No pasó olímpicamente de ti, y sí de su labor, la de guarda y custodia del trofeo más preciado para todo ciclista.