Lunes. Antaño, los periódicos traían deliciosas crónicas estivales firmadas por colaboradores destacados en emblemáticos lugares de veraneo. Textos sobre Marbella, San Sebastián, Ibiza, Mallorca e incluso Madrid, donde el famoseo se dejaba ver cuando el sol cedía en esas famosas terrazas de la Castellana que tanto se pusieron de moda. Leíamos quién había llegado a la zona, quién se iba, dónde cenaban, qué fiestas organizaban. Abundaban los conciertos y las cenas benéficas. Los diarios con más posibles y mejores foteros incluían en esas páginas estivales fotos de señoras o señores en bañador o bikini solazándose en sus yates o las orillas del mar. Hoy todo es más rápido, más ágil, algo más cutre también. Más instagram, menos papel, más twitter, menos couché. Hoy un famoso se sube a un yate y va y lo cuenta. En redes. Antes primaba cierta discreción, a veces fingida, sí. Hasta disimulaban cuando se les hacían las fotos, si bien los verdaderos adinerados que además tenían clase y estilo nunca salían en parte alguna, en ninguna publicación. Los horteras o nuevos ricos sí son más de salir. Y si les ve poca gente se compran un paquete de 2.000 seguidores y listo. Queda poco de la jet set clásica: millonarios de linaje aristocrático, maduros deportistas que habían sido todo, condes y marquesas, grandes empresarios. Celebrités de toda la vida. No hay añoranza. Es descripción. Si acaso, nostalgia de cierta literatura sobre el verano que era respetuosa y de elegante prosa perpetrada por firma prestigiosa. Con los famosos como protagonistas. Hoy todo es distinto. Hasta yo puedo salir en una foto si voy a inaugurar el verano a un chiringuito comiéndome un arroz con pulpo. Les gusta. Me gusta.

Martes. Me como un marmitako en el Club Mediterráneo que se me saltan las lágrimas. No sé si tendré fuerzas para llegar a la hamaca. Marmitako quiere decir de la marmita. Amaya me dice que es, salvando las distancias, el gazpachuelo del País Vasco. Sopa de pescadores también. A mí la palabra marmita siempre me recuerda a los cómics de Astérix, claro. Apenas tengo fuerzas para llegar a la hamaca, pero no quiero defraudar a los que esperan de mí una gran siesta. Ya con los ojos cerrados pienso en si los partidarios de utilizar el punto y coma vamos siendo minoría en este mundo.

Miércoles. Ahí hemos estado entrevistando a Elías Bendodo en lo de León Gross en Canal Sur. Programazo. En el tren de vuelta leo a Pemán, con perdón, «Nieve en Cádiz», uno de sus más antológicos artículos. Propongo a Juan Gaitán vía whatsapp que en la próxima tenida literaria con conchas finas hablemos de la polémica en torno al escritor gaditano. Y también de su obra. Muy al final de la tarde, pensando en el breve paseo matinal por Sevilla, cerveza cerca de la calle Larios. El día ha dado mucho de sí. Hay días anodinos y días en los que te maquillan dos veces. Corono la jornada viendo ‘Sopa de ganso’. Son los hermanos Marx un antídoto contra las tentaciones de solemnidad que a veces tiene uno.

Jueves. Para mi gusto, en los nuevos edificios hacen las ventanas muy pequeñas. No se ven las vidas que hay dentro. Te ponen difícil el fantasear. Qué miedo tendrán a la luz.

Viernes. Mi amigo Arturito Torremocha (qué personaje) y yo («el Loma») salimos citados en el ABC en la columna del gran Jesús Nieto Jurado, que se está haciendo los madriles y un porvenir a golpe de tinta desde hace años y que ya firma con soltura donde lo hiciera Ruano. «De Rodríguez», se llama su sección. Paradojas de la semana: si el lunes reclamábamos literatura en periódicos, viene el Nieto y nos da a leer lo suyo. Ya sale uno en las negritas de ABC, lo cual dispara la euforia. De «alusión» también se vive, que decía Manuel Alcántara. Tengo que volver a invitar a la Costa a Torremocha.