En ocasiones, me diera por pensar que ni siquiera somos conscientes de que el verano vacacional se alza como una de las mayores incongruencias conceptuales a la que podemos hacer frente: una especie de limbo temporal que divide el año en cursos escolares y con independencia de uno esté en el pleno uso y disfrute de la edad colegial o ya la haya perdido en el más recóndito de los baúles del pasado.

Todo lo pendiente se deja ya «para el curso que viene», es decir, para septiembre. Les hablo, pues, de una división del calendario mucho más potente que la que, de manera meramente formal, se pretende acusar entre el treinta y uno de diciembre y el uno de enero. Esta cuestión, aparentemente irrisoria, no es, ni mucho menos, baladí, puesto que no afecta únicamente a cuatro detalles subliminales o anecdóticos: sin ir más lejos, la Administración de Justicia, artillería pesada del ordenamiento jurídico y salvaguarda de los derechos de la ciudadanía, comienza a izar su bandera de «inhábil» en cuanto que se deja advertir la ya cercana sonoridad de esas campanas del mes de agosto que tañen al son de la tormenta de Vivaldi.

Las merecidas vacaciones de aquellos que pueden disfrutarlas se conciben como un derecho laboral por el que mucha sangre se ha derramado a lo largo de la historia a fin de que uno descanse, coja fuerzas y recargue las pilas, solemos decir. Pero, ¡ay!, cuando septiembre, oculto entre la maleza, dice de llegar, y siempre llega, los cuerpos rebotados por las inercias del estío parecieran aterrizar mucho peor que cuando despegaron. Y es que, en cierto modo, el ocio, por ser extraordinario, descoloca, y los núcleos familiares, todos ellos cocedores de habas, pierden los muros de defensa que la santa rutina bien había procurado apuntalar durante el curso. Por un lado, como digo, pretendemos descansar, pero, por otro, los hijos emergen cada mañana como resucitados, sueltos, frescos y lozanos, henchidos de energía como los toros del Edén, y claro, uno se acuerda del chiste aquel de «susto o muerte» y, francamente, hay días en los que no se sabe qué elegir. O, como decía el otro: estoy deseando regresar a la oficina para descansar.

Pero es que, además, las estadísticas de los divorcios, los desajustes convivenciales y la casuística delictiva respiran a la alza en los meses de verano. No en vano, y aunque mucho se ha escrito sobre las leyes térmicas en relación con los delitos, tampoco hace falta ser Hércules Poirot para concluir que el buen tiempo aviva las pasiones y propicia una cierta proliferación de las ocasiones donde aflora el contacto humano y, por ende, las posibilidades de quiebra del mismo.

Con todo, tampoco hay que alarmarse, pero, ¡ojo!, ténganlo más que presente: se acerca el verano vacacional. Respiren hondo, hagan rutina de la ausencia de rutina, dispersen los quehaceres, espáciense, repartan roles y responsabilidades, agótense, pero no decaigan, que no todo tiene que concluir a fuerza de bronca térmica.

Elijan un libro que les haga buscarlo a cada rato, hablen sobre él, caminen por la orilla, que en Málaga es gratis, y dejen, quizá, que, alguna que otra vez, sus pupilas recuerden la candencia de las puestas de sol como milagro universal de la vida que acontece: un milagro en el que, desde nuestra pequeñez, todos participamos y en el que seguiremos participando hasta que Dios quiera.

Tampoco olviden a las moscas, que, como decía Machado, por más que su molesta vulgaridad nos aceche, siempre terminan evocando nuestra propia historia y la de todas las cosas; léanse el poema. Procuren, por favor, convocar en la memoria a sus amores de verano, aquellos que confluían tan lo Dirty dancing, pero sin venirse arriba con la coreografía, porque hay cosas que son para verlas y disfrutarlas, pero no para intentarlas. Abracen sin vergüenza alguna la autóctona y merecida sutileza de la siesta, enfríen bien el gazpacho, olviden las contraseñas, enarbolen como ideología la desconexión digital, vuelvan la cara al desaire y reencuéntrense con los suyos, no en la fastidiosa organización de los ritmos, sino en la inmensidad del espacio horario donde, a fuerza de no esperar nada, todo lo bueno acontece: y es que es precisamente allí, donde todo fluye sin obligación alguna, el lugar donde jamás existirá el conflicto.