Don Alfonso XIII decía que si alguna vez hubiera tenido que dejar de ser Rey, le encantaría convertirse en “Hôtelier”. Siempre pensé que probablemente habría elegido el Palace del pueblo suizo de Saint Moritz. Palaces hay muchos. Repartidos por todo el mundo. Pero el de St. Moritz es único e irrepetible. Soy consciente de que me he dejado parte del nombre original de este gran hotel en el tintero. Lo correcto sería llamarlo el Badrutt’s Palace. Pues así lo llamaron en los viejos tiempos y así lo llaman sus actuales propietarios. Pero lo del Badrutt’s Palace de St. Moritz, no me convencía como título para este artículo. Que en realidad ve la luz del día como un modesto homenaje a una larga saga, la que protagonizó la legendaria familia de los Badrutt en aquel rincón del Graubünden suizo hace más de un siglo. Por supuesto, he escrito el nombre del ilustre hotel, tal como lo hubiera hecho cualquiera de sus providenciales antiguos clientes: los que hicieron posible el Palace del pueblo de Saint Moritz.

No me puedo imaginar al entonces duque de Alba llamando a su hotel favorito el Badrutt’s Palace. Él diría simplemente el Palace. Y si hubiera necesitado mayor precisión, simplemente hubiera añadido: el Palace de Saint Moritz. No en vano durante sus estancias en el hotel, hace un siglo, en la década que va de los años veinte a la de los treinta, le reservaban la mesa número uno del salón principal. La que se encontraba a la derecha de la entrada. Muy cerca, por cierto, de la mesa de la Reina Madre de Jordania. Donde descansaba un día un jovencísimo Príncipe Hussein, cuando el conserje del hotel le entregó un telegrama dirigido a Su Majestad el Rey Hussein. Así supo que su augusto padre había abdicado.

Recuerdo que hace tiempo alguien describió al Palace como un castillo gótico, impenetrable y hostil para todo el mundo, excepto para un pequeño grupo de privilegiados. Hoy en día afortunadamente sigue pareciendo un castillo gótico. Que sigue dominando sin complejos un hermoso valle rodeado de montañas altísimas. Las que se contemplan en el espejo de un lago cristalino . Pero ahora sus puertas están abiertas de par en par a un mundo nuevo donde las reglas del juego social han evolucionado radicalmente. Y sobre todo tomando inesperadas y a veces sorprendentes direcciones.

De todas formas admito que me siento algo culpable por no haber colocado el nombre de Badrutt en el título que encabeza este pequeño texto. Al fin y al cabo, fue Caspar Badrutt el que, en la década final del siglo XIX convirtió a Saint Moritz en la estación de invierno más distinguida de Suiza. Gracias a él, el que fuera un pintoresco pueblecito de la Engadina helvética se convirtió, con la ayuda de las vistas, espléndidas, y la protección contra los viento del norte en el objeto rutilante del deseo de no pocos habitantes de este planeta. Debemos también admitir que en la guía Baedeker’s de 1911 el establecimiento ya aparecía como el Palace Hotel. Los fundadores de la dinastía obviamente consideraron entonces un exceso el poner su nombre en la fachada de su ya augusto hotel.

Su hijo, Caspar Badrutt, (1848-1904) en 1892 encargó a dos célebres arquitectos suizos, los maestros Chiodera y Tschudi, el ambicioso proyecto del futuro Palace. El hotel se inauguró el 29 de Julio de 1896. Con su emplazamiento, sus lujosísimas habitaciones y sus impresionantes instalaciones, puestas en las manos de los más grandes profesionales de la época, fue un éxito tan rotundo como inmediato.

Su hijo Hans se unió al equipo de dirección del hotel en 1898. En Europa fue el primer gran Palace de la región alpina y consiguió lo más difícil. Que el no ser visto en los salones o en el Restaurante del hotel durante la temporada entre julio y abril sería algo impensable para cualquiera que se considerara un respetable miembro de «bona fide» de la alta sociedad.

Mi buen amigo y maestro, el gran René Lecler, afirmaba que el Palace era simplemente el mejor hotel de Suiza y uno de los seis mejores hoteles del mundo. No me atrevería a contradecirle. También decía que siempre admiraría a un hotel que te puede conseguir fresas del bosque en pleno invierno. Indispensables éstas para acompañar esa botella de champán de añada excelsa, la que la dirección ha enviado a tu habitación. En ese momento, mientras las cumbres nevadas de los Alpes relucen a través de los cristales de las ventanas con los últimos rayos del sol de la tarde, te das cuenta de que lo que te rodea está más allá de lo humano. Simplemente vuelas ya en el reino de lo divino.