Vuelta a empezar, aunque a tres años vista y no cuatro. España se ha despedido de Tokio con los mismos 17 metales de Río 2016. Como si de un muro imposible de superar se tratara, a un buen puñado de representantes de nuestro país se les ha escapado en podio cuando ya parecía seguro. Qué decir de la marcha, del piragüismo, hasta del boxeo.

Hay que empezar de nuevo, en esto de intentar mejorar los números de la anterior cita olímpica. Pero la imagen en general de la expedición española ha mejorado bastante respecto a la ofrecida en tierras brasileñas. Se atisba un relevo generacional más que interesante, por ejemplo, en atletismo.

Y hemos recuperado sensaciones con un combinado futbolístico que, tan romo en ataque como en la reciente Eurocopa, se asienta en defensa con una veteranía impropia de su edad media. Con más acierto ante el arco contrario, por qué no soñar con ese Mundial invernal que ya se avecina.

Debemos ser optimistas de cara a París 2024. No como para alcanzar las 22 medallas de Barcelona 92 y aquel histórico sexto puesto en el medallero, gracias a la lluvia de oros de entonces. Pero sí al menos debería superarse al fin esa barrera de las 17 medallas de hace cinco años o de las 18 conquistadas en Londres 2012. En la próxima cita se caerán, lamentablemente, nuestros dos flamantes héroes sobre el tatami.

Lo efímero de la participación olímpica de su disciplina, impedirá que Sandra Sánchez o nuestro paisano Damián Quintero opten a revalidar sus conquistas en suelo japonés. Una auténtica injusticia, teniendo en cuenta la tradición internacional de este deporte y la irrupción de otras disciplinas que hasta ahora tenían más de exhibición atlética que de competición.

De la verdadera dimensión de las dos medallas que se han traído de Tokio nuestros karatekas da cuenta el histórico de metales olímpicos que España ha encadenado desde París 1900 (en realidad desde su debut en Amberes 1920). Este siglo de participaciones, con la única excepción de Berlín 1936, ha dado para un total de 167 preseas. Y aunque los éxitos colectivos han sido numerosos, la talaverana Sandra Sánchez se ha convertido en la primera medallista a título individual en su comunidad autónoma.

En el caso de Quintero, su medalla también tiene un importante papel. Andalucía sólo ha sumado a lo largo de la historia nueve metales individuales. La contribución del torremolinense ha sido determinante para que la región peninsular más meridional se mantenga como la segunda más laureada en deportes no colectivos, por detrás de Cataluña. Y es que con apenas dos preseas menos se hallan Baleares, Castilla y León, Galicia, Madrid y País Vasco.

No se trata de enfrentar territorios. Es apenas un cómputo que da cuenta de lo complicado que resulta alcanzar la gloria olímpica. Algo que también han vivido en primera persona todos esos deportistas que, con sus cuartos y quintos puestos, rozaron el podio. Debieran tener todos nuestros honores, como los que sí lo han pisado, por la tremenda dureza de algunas de sus pruebas en un destino tan sofocante como el japonés.

Fuera de esa lucha por los principales laureles también se han quedado esta vez los combinados nacionales de baloncesto, que en su gira para preparar la cita olímpica, pasaron por Málaga. Uno de nuestros más ilustres paisanos de adopción, el seleccionador del equipo masculino, Sergio Scariolo, volvió a dar en la tecla para resumir lo que ha sido Tokio 2020 y lo que debiera ser París 2024.

Acertó en el centro de la diana cuando se refirió a lo que debemos transmitir a esa nueva generación que pide paso y que tan pendiente está de nuestros discursos: «Será decisivo no ponerles etiquetas, comparaciones ni retos imposibles que lleven a la frustración y puedan hacerles perder energía». Amén, Sergio.