Anastasio Oñate presenta una ligera cojera, es alto, colchonero y quiso ser trapecista. Una mala caída sobre una domadora le quitó los sueños juveniles y con unos ahorros dudosos pudo montar el pequeño comercio que ahora regenta en un barrio animado, de clase media. El portero de una de las fincas cercanas, Antúnez, se asoma donde Anastasio a media mañana y el trae un café cargado con sacarina que se toman juntos comentando los precios de la urta, el pargo y los tomates, la Liga y sobre todo las vicisitudes del vecindario. Porque Antúnez es un boletín, se ha casado Rosita la ingeniera, Manuel el del bar no da un palo al agua, Esteban está empeñado en que su hijo sea notario y al hijo solo le gusta el whisky con cola y pasear al perro. Ya le han puesto dos multas por no recoger los excrementos. Y mira tú la ocurrencia de llamar Luis Fernando a un perro.

Anastasio Oñate oye a Antúnez como el que oye la radio. Una radio sin anuncios, de tono monocorde. Un locutor que solo interrumpe su salmodia para dar caladas a un cigarro sin filtro.

Hasta el menos perspicaz de los observadores calificaría de escasitas las ventas que produce el comercio de Anastasio Oñate, que anda en una peligrosa indefinición comercial, dado que ahora, además de bebidas, chucherías, helados y tabaco vende también camisetas, llaveros y gorras. «Ya te digo yo que los llaveros tienen poco margen comercial, Anastasio», suele decirle Antúnez con un tono admonitorio como el que anunciara el fin de la especie humana o del azafrán. Gorras ha vendido tres. A una familia un tanto despistada e insolada que caminaba por el barrio vaya usted a saber hacia dónde. Anastasio Oñate no es partidario de vivir para trabajar, así que no abre ni los lunes ni el fin de semana. Ha comenzado a cerrar a las seis de la tarde, total para vender dos latas de Fanta en toda la tarde, me quedo en mi casa. A su casa va de vez en cuando la domadora, que harta de tratar con tigres se ha hecho animalista y vegetariana y se ha apuntado a un curso de chino. El mundo va a hablar chino en pocos años, le suele decir Oñate que se queda sin responder cuando ella le pregunta que entonces por qué él no lo estudia.

De vez en cuando planean un viaje para el que no tienen dinero, todo lo más cogen un autobús a la playa portando una neverita con embutidos y cerveza. El conductor del autobús se parece a aquel conductor de autobús que salía en «El gallego y su cuadrilla», libro de Cela cuyo título hizo gracia a Sonia, la domadora, porque su padre era gallego y le apodaban el gallego. Y eso que vivía en El Ferrol.

Me tengo que reinventar, le suele decir Anastasio a Sonia en el bus de vuelta. El conductor pide que bajen la voz. Por la ventana, llegando, ven a Antúnez, que los está esperando para tomar una clara. Lleva un perro.