Hace ya un puñado de años que me hicieron un seminograma. La primera y embarazosa cuestión que arribó a mis interrogantes internos, siempre tan ocurrentes, era saber si la muestra de marras, al igual que ocurre con la sangre, me iba a ser extraída por parte de un tercero bajo quién sabe qué procedimiento o si, quizá, la recogida del analizable era más bien en plan tupperware que te traes de casa. A fin de cuentas, poco sabe uno de los protocolos médicos del SAS: un cortijo, dicho sea de paso, donde, para bueno y para malo, cualquier extremo es posible.

Con todo, aclarado el punto de que servidor iba a ser tanto el sujeto activo como el pasivo de la extracción, la siguiente cuestión era saber si la recolecta podía venir tranquilamente desde casa o si, por el contrario, tal y como dicen las madres que ocurre con los zumos de naranja, el jugo interior también perdía vitaminas en el caso de transcurrir más tiempo del recomendado entre el exprimido y la toma. Así, cuando me dijeron que entre la convocatoria seminal y su almacenaje debía mediar el menor tiempo posible, servidor, que no es muy de correr, prefirió hacérselas venir en los propios recintos del SAS a fin de extremar la calidad: del campo a la mesa.

Y allí que llegué yo, media hora antes. Me dieron un tarro vacío. Con la impostada naturalidad de quien sabe que se enfrenta a lo complejo, localicé un baño limpio y aguardé en la sala de espera. Total, me dije yo, en un par de minutos, pongamos tres, la cosa va que se mata. Tengan en cuenta que, además, a efectos de ambientación, tampoco los espacios del SAS son El jardín de las delicias.

El reloj ya marcaba menos cuarto. De repente, me entra el miedo escénico. Sin más, entramos en el cuarto de baño, mi bote y yo. Lo abro y dejo la tapa en el lavabo, sobre un pañuelo de papel, a fin de evitar cualquier exposición contaminante. Sujetando el receptáculo con una mano, voy intentando otorgarme cierta animosidad con la otra a fin de iniciar el inevitable juego de marchas que la cuestión precisaba, ya fuera de arriba hacia abajo, o de abajo hacia arriba, que tanto daba. Pero heme aquí que, justo frente a estas latitudes en crecimiento, justo en el preciso momento en el que me dio por pensar que atinar dentro del bote sería un problema, la luz dijo de irse en toda la planta. En mitad de tales oscuridades, salir del baño ya no podía de semejante guisa; pero tampoco continuar con la trama, puesto que aquella noche eterna me llevaría, sin duda, a errar el tiro. En manos del ridículo interior, recordé que mi teléfono móvil no tenía batería para encender la linterna, pero sí que contaba con la inmediata luminosidad del encendido tras el desbloqueo. Allá me fui: sujeté la manguera con la diestra mientras soltaba el tarro con la siniestra para coger el teléfono. Lo posé sobre el lavabo, volví a coger el tarro y retomé la maniobra como pude, que viene, que viene: pero era la luz del móvil, no yo, la que, de nuevo, se iba. Tinieblas: frenazo. Volví a soltar el tarro y accioné el teléfono. Llegó algo de luz. De nuevo, tomé el bote con una mano y venga, y dale, con la otra. Pero el tiempo corría, ¡ay!, en mi contra, y la luz volvía a escaparse. Cerré los ojos, respiré sereno. Y fue en mitad de tales miserias, a cinco minutos justos para entrar en la consulta, cuando no tuve más salida que sujetar el móvil con una mano para, con la otra, introducir el péndulo, firme mástil del amanecer y la esperanza, dentro del bote de plástico a fin de conformarlos como una sola unidad, caballero y armadura, y poder culminar el ritual, ya tarro arriba, ya tarro abajo, evitando toda posibilidad de goteo o pérdida. Porque es así, sobreponiéndonos a la oscuridad desde la épica de lo ocurrente, como se llega puntual a una consulta y se es capaz de presentar un tarro de semen con el mismo orgullo y firmeza con los que el capitán Miguel Strogoff bien pudiera entregar el correo del Zar de todas las Rusias.