Amigos, amigas, septiembre ha muerto. Bueno, en verdad, para ajustarme más a la realidad y abandonar cierto sensacionalismo y brillo que siempre funciona en la primera frase de una columna, debería decir que, oficialmente, septiembre no existe. Septiembre ha desaparecido. Se ha extinguido. Se acabó.

Septiembre no existe. No creo en septiembre desde hace unos años. Para ser exactos debo decir que hace un par de años me atreví a confesarlo. Tal vez no creía, incluso, desde antes. La fe en un hecho incuestionable no se rompe de un día para otro. Es un proceso. Van pasando los septiembres, aún no sé por qué sigo escribiendo «septiembres» si acabo de abanderar su irrealidad y engaño, y uno se va dando cuenta de que esto no es así.

Septiembre es una ilusión, un puente invisible, una excusa, una tachadura, humo, ma-gi-a. Al principio, cuando tuve esta epifanía, sentí un malestar que luego convertí en reflexión. Tras declarárselo a mi mujer, un martes al atardecer, de un 31 de agosto, sentí cierto temblor, quizás me sentí solo como un loco, pero libre. Uno de esos descubrimientos que te hacen la vida mejor. Le dije: «todo ha sido un engaño, septiembre es un delirio, una fantasía» y ella me miró con extrañeza y, después, sonrió. Me conoce bien.

Siempre pensé, y he escrito sobre ello, que el mes de septiembre era una frontera, una despedida o un reinicio. Que llegaba septiembre con sus manos frías y sus estrenos en Netflix, su vuelta al cole, su síndrome post-vacacional, sus coleccionables, su bolso lleno de cosas y sus manías de señor impaciente y todo volvía a la normalidad. Siempre he pensado que todo verano es el último verano y que este mes límite era la excusa perfecta para volver a empezar, un reset, como una catarsis o un renacimiento o algo así. Pero no, queridos, no es así.

Nos prometemos septiembre como el que se promete mayo, pero septiembre no existe. Como no existen sus promesas. Decimos: «iré al gimnasio los martes y los jueves», «dejaré, por fin, algunas manías, algunos vicios», «llamaré más a mi madre», «empezaré la colección de Jazz Blue Note en vinilo». Nada. Mentira. Todo mentira. Nos prometemos mentiras, que no cumpliremos sobre un mes de mentira. Un mes que ha desaparecido.

Antes, hace años, quizás sí, pero ya no. Hace años, los veranos eran largos como puentes sobre el mar, las programaciones de las teles mudaban y llegaba a ocurrir ese milagro genial que se llama «aburrimiento». El verano siempre era el último verano y la orquesta de chicharras nos lo recordaba a la hora de la siesta. Septiembre tenía todo el sentido porque existía algo antes, los veranos eternos, que le daban forma, contenido, alma a un mes trinchera al que se le empezaban a caer las hojas.

El verano daba forma a septiembre y septiembre era una cuesta de enero sin Año Nuevo, un peaje en la autovía del desierto, un poema de Luis García Montero, como la luz de un sueño que no recuerdas cuando despiertas o como una línea roja que rodea un huracán. Ahora septiembre, que se ha extinguido como el rinoceronte lanudo, es casi nada, un cero en una sucesión de ceros, una línea recta, el eterno retorno de Nietzsche, parte del ciclo… Ya no hay paradas, y no paramos, y así pasa el tiempo que se solapa y se vierte.

Y así ha pasado el verano y, como en el poema de Gil de Biedma, «la verdad desagradable asoma». Septiembre no existe y es mejor que lo sepamos. Alguien os lo tenía que decir. Digamos que este mes se ha convertido en otro mes, vulgar y corriente, una continuación, una carretera recta e infinita, un seguir deambulando por el año hasta el siguiente año. Septiembre ya no tiene coleccionables, ni veranos eternos por delante. Ya lo ven: las noticias siguen siendo las mismas, los programas de la tele y la App de sus móviles los mismos, las dinámicas y los tics los mismos y tendremos los mismos sueños y el mismo desconcierto de hace un rato durante las próximas semanas. Es bueno asumirlo pronto para evitar malos mayores: septiembre, queridos, ya no existe, ha muerto, se acabó.