La banca ya no es un banco. La oficina de la esquina; esa del expendedor de billetes ‘contra’ la cuenta corriente, la del empleado amable, la de la señora con rulos, la del constructor desgarbado, la del gerente ansioso, la del triste desempleado, la del funcionario aburrido, la del buscador de consuelo en bolis ajenos, la del tío del puro -antes-, la del jubilado al que se le va la mañana en un ‘saca-mete’ y un ‘toma-daca’ de contar y descontar el taco -de la pensión- para volver a ingresarlo y así hacer visible lo invisible; ese lugar de encuentros y desencuentros, de números rojos, de azules sobre grises y de prestamos fríos en mano caliente, ha muerto -eufemismo-. Más que morir se la han cargado unos ‘CEO’s’ que dicen querer lo mejor para nosotros. Como todos.

Unos comentan que la digitalización; otros que la automatización de los procesos, los hay que hablan de agilizar los trámites, de que el tiempo es oro, de que la gente prefiere hacer sus gestiones, transferencias, embolsos y desembolsos a través de fría pantalla del móvil donde el dinero no tiene color y al dedo lo carga el diablo. Siendo pequeño, con mi padre en la cola de una sucursal de Jaén, escuché a uno decir que había que tener cuidado con el sobre porque la intención del papel moneda, como si de un mal amigo o de un perro a la fuga se tratase, es siempre la de escapar del bolsillo. “El dinero huye, chiquillo”, fueron sus palabras. El dicho, que no olvidaré en la vida, es materia de primera para todo contador de cuentos. Durante años -y lo sigo haciendo- me imaginé esos billetes rojos, verdes, azules y morados con caras de enfado, patitas y brazos en ambos lados y unas ganas locas de tirarse del pantalón o de la falda a las primeras de cambio. Hubo incluso una versión mental de algún ‘comando’ de 2.000 pesetas que hacía la croqueta para lanzarse en paracaídas desde la cadera.

Billete a la fuga. Los míos desde luego son muy cucos y deben tener montado un chalet en primera línea de playa con piscina, jardín y mesas de teka sobre fondo verde. No hay duda de que han construido un imperio a mis espaldas. Yo no les veo, pero por las noches y, especialmente a partir del día 20, siento que se escabullen a lomos del Ratoncito Pérez, dejando mi cartera como un solar de miniaturas Lego donde los ácaros y batracios negros lloran sus penas sin un triste céntimo de cobre con el que consolarse.

En aquellos bancos el dinero era lo de menos. Como en tantos otros lugares, rincones, cocheras, farmacias, tiendas de comestibles y concesionarios de coches; la gente iba buscando un poco de conversación y calor humano. Ni mascarillas, ni miedo a la gripe; unos y otros a pelo y hasta lanzándose un abrazo de vez en cuando.

Chascarrillos como el de los billetes andantes hacían la vida más llevadera. Estos relatos a los que Jodorowsky llamó después ‘psicomagia’ y vendía como cuentos chinos, podían escucharse gratis allá por los setenta y ochenta cuando los bancos eran bancos. Las oficinas de crédito pasaban por gabinetes de psicología; catedrales de conocimiento, confesionarios con olor a bolita de alcanfor, tertulias de gozos y sombras en las que lo mismo te hablaban de una herencia que te contaban el chisme de la hija maestra de Benito, el de las fundas.

Cuando ‘los bancos eran bancos’ podía uno escuchar los sermones de esos que nunca van a misa, aprender lecciones de quiebras de los que “no sabían administrarse”, decían los contables; el último chiste casposo que ensayaba el tío calvo con bigote que trataba de caer bien, pero al que todos tenían calado tras el letrerito de ‘Interventor’ o la monserga cansina del cartero que, con media mañana ya echada, se hacía el loco en el hall de entrada donde “por lo menos se estaba fresquito”. En fin, ‘los bancos eran bancos’ y todos queríamos ser amigos de los hijos del director o, en su defecto, de los del subdirector, porque las despensas de sus casas rebosaban de Coca Cola y tabletas de chocolate.

Te daban bolígrafos, te daban gorras, pines, folios, mecheros, sobres, mochilas… Te dejaban juguetear con los sellos de caucho y mientras se te ponían negros los dedos pensabas en las horas muertas que podrías desperdiciar con una almohadilla marca ‘Pelikan’ cargada de tinte marino. Los banqueros, que entonces eran los del banco, y ahora son los que te lo quieren quitar; te daban la tabarra y hasta te pagaban para que dejaras el dinero a plazo fijo; un concepto del que escuchaba hablar en boca de otros, que ansiaban la suerte de fulanito o menganito que con un piso alquilado en la playa y no se cuanta pasta apalancada así, vivía “como un ministro”, decían.

Los bancos eran bancos cuando no hacía falta viajar con aire acondicionado, cuando te obligaban a levantarte a las cinco y media de la mañana para venir a Málaga o cuando tu madre te lanzaba la zapatilla pasillo adelante. Hoy sólo son oficinas vacías plagadas de carteles con horarios y normas en las que el director siempre se encuentra en la calle vendiendo seguros y en las que una triste máquina engulle cartillas para gloria de los accionistas que recogen primas al otro lado de Despeñaperros.