Coge tu guitarra y vete a un cruce de caminos a medianoche. Te pones a tocar un tema ahí sentado, solo. Entonces un gran hombre negro llegará caminando, te cogerá la guitarra y la afinará. Después tocará un tema y te la devolverá. Así es como aprendí a tocar lo que yo quisiera». De este modo contaba Tommy Johnson a su hermano, el reverendo LeDell Johnson, cómo hizo un pacto con el diablo para ser un gran bluesman. Es una leyenda muy similar a la de otro Johnson, mucho más famoso, Robert. Ahora mismo, mientras escribo, estoy escuchando ‘Crossroad’ (literalmente, cruce de caminos), su único disco, que le procuró un éxito clamoroso aunque efímero. Robert Johnson también acudió a un cruce de caminos y entregó su alma a cambio de ser el mejor guitarrista del mundo. Después, dejó grabado ese único y maravilloso disco y luego desapareció sin que, hasta la fecha, nadie sepa exactamente qué pasó con él («un perro del infierno sigue mis huellas», dice en uno de los temas, y quizás fue eso exactamente lo que pasó, que pagó el precio muy pronto).

«In his fingers, the devil» («en sus dedos, el diablo»), dice Robert Browning en un breve poema dedicado al violinista Niccolo Paganini, de quien también se cuenta que había vendido su alma al diablo y que una sombra alargada viajaba siempre con él. No faltó quien afirmara haber visto al mismísimo Satanás en los largos dedos de Paganini, yendo y viniendo por las cuerdas, por el arco. Anna de Sanctis contó a su sobrino Francesco, político, crítico e historiador de la literatura italiana, una escena que contempló por azar pero que la dejó sobrecogida. Una vez terminado el concierto y guardado el stradivarius en su estuche, el violinista metió las manos en una palangana de plata llena de agua fría: «fue lo mismo que si en vez de sumergir sus dedos, sumergiese diez hierros al rojo vivo».

Estas historias eran antes muy frecuentes, cuando el mundo dejaba espacio para lo inexplicable. Luego todo se volvió más áspero y hacía mucho tiempo que no teníamos noticias del diablo, y eso que, como decía Álvaro Cunqueiro, «los diablos dicen fácilmente sus nombres y se dejan hacer entrevistas. Lo que pasa es que los periodistas tiene este trabajo muy descuidado».

Seguimos igual de desatentos, por lo visto. Nadie ha entrevistado al diablo que, según la versión del obispado de Solsona, ha poseído a monseñor Novell, quien ha decidido colgar los hábitos para irse a vivir con una mujer. «No es un caso de celibato sino de infestación», ha dicho el obispado en un comunicado, dejando en el aire un cierto olor a azufre. Tampoco nadie ha referido cuál sea el nombre de ese diablo. Es probable que se trate de Farzuf, el ángel de la lujuria, que fue antecesor de Leonardo, el macho cabrío del sábado, rey de los aquelarres. O quizás, dadas las circunstancias, podría tratarse de Isaaquel, que antes de su caída era un ángel tan hermoso que fue llamado ‘sonrisa de dios’, que no es una mala definición, si bien se mira, para el amor, que siempre ha sido, y sigue siendo, mitad dios y mitad demonio.