Se solía decir que el Greenbrier de West Virginia, era el hotel más bello de América. Otros aseguraban que no había en el mundo otro ‘country-hotel’ que lo superara. En elegancias y en perfecciones. Algunos incluso estaban convencidos de que el Greenbrier era algo más que un hotel perfecto. En realidad era una deslumbrante obra de arte, donde la Suite Presidencial estaba siempre a la disposición del inquilino de la Casa Blanca de Washington. Privilegio no siempre merecido. Quizás el problema de ese gran hotel era que el mundo había dejado de estar a la altura de esa hermosa mansión neoclásica, que enriquecía los paisajes de West Virginia, en el Viejo Sur norteamericano. Que sin querer ser altiva, dominaba, desde su solitario esplendor, las colinas y los bosques que ennoblecían aquellos parajes.

Han pasado ya un montón de años. Entonces me aconsejaron visitar el Greenbrier. Fueron unos buenos amigos de la Robert F. Warner Inc. Con la autoridad que les prestaba el ser la primera compañía americana de representación de grandes hoteles. Según ellos, un hotelero tiene que conocer a fondo, como mínimo, una docena de hoteles indispensables. Dentro de la galaxia secreta donde navegan los elegidos. Pues muchos son los llamados y muy pocos los elegidos. Y el Greenbrier era uno de éstos.

Llegué desde Nueva York con un vuelo comercial que aterrizó en el aeropuerto de Roanoke. Allí empezó mi ‘Greenbrier experience’. Dos empleados del hotel me acompañaron con el equipaje al pequeño terminal donde esperaban las avionetas que hacían el enlace entre Roanoke y el Greenbrier. Aquel vuelo no sería tan majestuoso como lo era llegar a White Sulphur Springs y al Greenbrier en uno de aquellos trenes privados, al servicio de las familias más distinguidas de América: los Vanderbilts, los Dukes, los Biddle o los Astors. El ajustado espacio de la avioneta, agradablemente espartano, no tenía nada que ver con aquellos lujosísimos salones rodantes, llenos de obras arte, donde discretos e impecables mayordomos atendían a sus señores y a sus huéspedes. Pero no hubiera cambiado mi emocionante vuelo de cuarenta minutos por nada del mundo. El avión se había deslizado entre los nubarrones que esa mañana cubrían las Allegheny, preparando la visión final. Enmarcada por la lluvia y los girones de nubes. En un espectáculo extraordinario. Aquel elegantísimo edificio blanco parecía una nave capitana, brillando en la luz matutina, escoltada por un escuadrón de hermosos navíos. Varados en el océano verde de aquella densísima vegetación, por la que fluían los campos de golf y sus obstáculos de agua e islotes de arena. También fluían recuerdos de la historia de aquel lugar: en la inmensa explanada delante del hotel. Alguien me comentó que Charley Bonaparte, descendiente del emperador de los franceses, había adiestrado allí a los reclutas del ejército sudista durante la Guerra Civil Americana.

Aterrizamos. Una hilera de limusinas, elegantes y sobrias, siempre en verde oscuro, se acercaron al avión. Una para cada pasajero y su equipaje. Los uniformes de los chóferes parecían salidos de una novela de Scott Fitzgerald. En realidad todo había empezado en 1858. El Greenbrier nació como el heredero del Old White, el primer gran hotel-balneario que se construyó en América. En total, entre ambas augustas casas acumulaban 250 años de experiencia y fidelidad al antiguo lema del Greenbrier: ‘Life as it should be’. La vida tal como debería ser.

Por deformación profesional sabía que al entrar en el hotel lo primero que notaría sería un olor muy especial. Antes incluso de que me atendieran unos empleados profesionalmente perfectos. E incluso antes de advertir que una hermosa mesa Queen Anne presidía la recepción, digna de un palacio de la realeza. O unas impresionantes alfombras de Aubusson. Era el olor que se percibe en los salones de un hotel frecuentado desde siempre por los hombres y las mujeres más poderosos de este planeta. Alguna vez intentaré describirlo. No será tarea fácil.

Creo que jamás volveré al Greenbrier. Hay que ser realistas en estos tiempos de siniestros horizontes y afiladas limitaciones. La otrora augusta casa tiene ahora nuevos propietarios. Y además el mundo ha cambiado, enarbolando abordajes con unas nuevas y extrañas reglas de juego. Me dicen que el hotel está mejor que nunca. Lo creo. No en vano han invertido fortunas. Aunque estoy seguro de que algo intangible, invisible, ha desaparecido para nunca volver. Y eso siempre duele.