Esta columna nace de la procrastinación. Llevo meses, quizás años, postergando este momento. Nunca encontraba el tiempo necesario ni las palabras justas para arrancar esta columna. Arrancar una columna, en mi opinión, es lo más complicado. No sabía por dónde empezar, y tampoco sabía dotar de contenido, ni tener un cierre a la altura de este tema. Sin embargo, necesitaba escribir sobre esta dejadez y flojera o, quizás, deriva emocional. Hasta hoy, he procrastinado esta columna sobre la procrastinación. Hasta hoy.

Hoy me siento a escribir sobre lo que dejamos a la espera, lo que se pierde durante un tiempo, a veces para siempre, esos pequeños detalles o grandes obras que vamos posponiendo, que no tachamos de la lista. Procrastinar es aplazar una obligación o un trabajo. Etimológicamente, ‘procrastinación’ deviene del latín procrastināre, ‘postergar hasta mañana’ y del término griego akrasia, ‘hacer algo en contra de nuestro mejor juicio’. Lo de la procrastinación tiene tela y se merecía una columna o, al menos, una lista bien tachada.

Yo hago listas. Tengo mis cuadernos llenos de listas. Apunto palabras que son tareas y, después, cuando las voy cumpliendo, tacho la palabra y olvido la tarea. El problema es que, desde que tengo cuadernos y hago listas, hace años, no recuerdo ni un solo día, de una sola semana, en la que no haya tenido temas pendientes, tareas sin terminar como en un círculo vicioso e irracional. Siempre procrastino y me condeno a los infiernos entre la pereza y la mala gestión.

Se trata de prioridades. Vas sacando adelante lo más urgente y dejas a un lado, en ocasiones, lo más importante. Del detalle más cotidiano a los grandes temas que nos hacen mejores: arreglar el enchufe de la cocina, la cisterna, pagar ese recibo, cambiar ciertos hábitos, llamar a ese viejo amigo al que no llamas, contestar ese mensaje... Procrastinar es una palabra fea que conjugamos mucho. Yo procrastino, tú procrastinas, nosotros procrastinamos… Aunque cueste decirlo o leerlo, PRO-CRAS-TI-NAR, estamos haciéndolo todos, todo el rato.

Posponemos un deber, o quitamos tiempo a una obligación para destinarlo a otra, o dejamos para mañana lo que podemos hacer hoy. Procrastinamos por encima de nuestras posibilidades. Dice un artículo de Charlotte Lieberman, en New York Times, que la procrastinación es producto del manejo de las emociones y no de la pereza​ o desgana. No sé. También dice que lo hacemos de forma consciente y que nos hace daño y que es irracional. Leo el NYT y leo la prensa a diario, así soy de loco y veo muchos aplazamientos y diferidos por todos lados.

Leo la prensa y veo que la plaga nos ahoga, que está en todas las páginas. El bloqueo del CGPJ, el recibo de la luz y del gas, el precio de la gasolina, la subida del IPC, la deuda y el déficit, la emergencia climática, la crisis del estado del bienestar, la modernización de la educación, la división enfermiza entre PSOE y Podemos, la crisis de Afganistán, el desafío soberanista… Los periódicos están hasta la bola de procrastinación. Para los lectores de Málaga, podemos citar el Campamento Benítez, que fue mítico, y ahora la Academia del Málaga C.F., el Astoria, la Torre del Puerto… Problemas que se cronifican, irremediablemente, sin solución. Es una procrastinación de todos, una larga lista de tareas pendientes e importantes que vamos aplazando demasiado tiempo.

Imagino una vida sin procrastinación. Una vida tranquila sin listas que tachar ni comeduras de tarro. Una vida donde dejemos de lado los pensamientos rumiantes y solo tengamos ideas con sexo. Cuando digo ideas con sexo quiero decir ideas capaces de gestar nuevas ideas que se repliquen en nuevas ideas que sean capaces de atenderse, de arreglarse, de tener un principio y un final. Una vida en la que no evadamos responsabilidades, ni retrasemos actividades, ahuyentando el miedo o la pereza a hacerlas, o la impericia emocional, alejándonos de un futuro sine die y durmiendo tranquilos.

Llegados a este punto, pienso en el micro-cuento de Augusto Monterroso: «Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí». Y sospecho que no dejaré los cuadernos ni las listas ni las tachaduras, que siempre tendré cuestiones por resolver, tareas tediosas o aburridas, que tendré que vivir con ello, que la vida de los adultos es así y que, a pesar de los esfuerzos titánicos que haga y de esta columna procrastinada desde hace años, cuando despierte, una vez más, el dinosaurio todavía estará allí.