La vida está dificilísima. La pandemia parece que está siendo superada en el primer mundo gracias a la intervención de la ciencia y la responsabilidad de la mayoría. Vacunas y seriedad frente al caos y la penuria que ha producido. Una mella enorme que tenemos que ir rellenando a base de esfuerzo, trabajo, sudor y alguna que otra lágrima. Pero no pasa nada. Hemos venido a jugar.

Málaga se encuentra en situación similar. Como si hubiera recibido un trasplante en forma reactivación económica y apertura de limitaciones y varias trasfusiones de sangre en formato de turistas con la cartera medio llena.

Se nota el resorte. Y es de agradecer a pesar de los pesares pues somos muchos los que padecemos y sentimos ciertas formulaciones de ciudad y confiamos en que el modelo siga cambiando para huir de las chanclas y comportarnos como una ciudad sólida más allá del guiri.

Pero ahora la cosa ha cambiado. Y para teorizar sobre modelos de ciudad primero tengo que volver a verla viva, sana y su gente saliendo de la precariedad. Y parece ser que vamos por el buen camino.

Pero en ese momento actual, aún hay personas que siguen viviendo en un limbo extraño donde se sigue percibiendo el desarrollo de la vida muy despacito. De igual manera que cuando metes primera y sin acelerar el coche avanza poco a poco. Y sientes que es algo mágico. De igual manera me sucede cuando, en la situación actual, abro las redes sociales y veo a la portavoz de Izquierda Unida en Málaga -más de 65.000 euros brutos anuales sin contar los extras que puedan tener-, grabando un vídeo en el que dice que está estupefacta ante los camiones y excavadoras que están limpiando el cauce del río Guadalmedina a su paso por el centro de la ciudad. Denuncia que el río se estaba «renaturalizando de manera espontánea» y que esto ha provocado que unas «Garcilla» estén despistadas, defendiendo en todo momento la «fauna autóctona» que allí estaba resurgiendo.

Y sí. Se te queda la cara como la que ponen las vacas cuando comen: con la mirada perdida y sin entender nada.

Pero lo más fascinante es que se crea un zumbido de raros que generan un eco de diapasón ante cosas tan surrealistas como defender las hierbas en un estercolero que hace que tengamos el centro de la ciudad con ratas del tamaño de un Golden Retriever. ¿Qué clase de justificación razonable existe para llegar a poner el grito en el cielo ante la limpieza de un cauce seco y lleno de porquería -incluida las hierbas-? ¿Quién, en su sano juicio, puede llegar a creer que todo esto se defiende en busca del interés común y no basado en la queja ridícula del todo mal por el simple hecho de que lo hacen otros y no ellos?

Es espantoso tener que acudir a acciones tan extrañas como la última del Guadalmedina pues, a pesar de lo que puedan pensar, lo que acaba generando en muchos es el rechazo más absoluto por sentirse lejísimos de esas afirmaciones y protestas.

El Guadalmedina precisa de muchas cosas, pero la primordial es que se limpie, adecente y no convierta en el nido de ratas, mosquitos y bichas en el que se encontraba. Y si prosperara un proyecto que naturalice el cause con vegetación, tengan por seguro que no será con ninguna de las actuales que están procediendo a eliminar.

Salvo que desde IU se pretenda montar un Selwo de animales que dan susto, miedo y asco, no se comprende que tenga sentido una queja de tal calibre. Salvo que consideren que el nivel emocional de la ciudadanía se limita a la foto del pato con sus patitos pequeños y se piense que ya estaría todo hecho. Porque podemos regalar un hermoso álbum de fotos -de los buenos que encargas por internet-, con la cantidad de ratas como demonios que vemos los que caminamos en alguna ocasión por ese entorno.

Es ridículo en muchas ocasiones tener que presenciar este tipo de acciones que rozan la vergüenza ajena y que ahora están soltando para agarrar el absurdo cirio en torno a la actividad de navidad en el Jardín de la Concepción.

Una actividad, por cierto, que dota sin duda alguna de un interés extraordinario al espacio de manera temporal y seguro consigue que vayan muchos chiquillos a un entorno bonito, cuidado y verde que aún sigue siendo desconocido para muchos malagueños.

¿Cuál es el problema? ¿Por qué no ha venido bien el asunto? Yo diría que la respuesta es fácil. Porque lo hacen otros y no ellos. Pero resulta ridículo poner el grito en el cielo por plantear actividades navideñas en un lugar precioso para que los niños vayan y tengan más oferta que ir a calle Larios a ver a sus padres bailar y hacer el ridículo con música cateta.

A ver si se entera esta familia de que el Jardín Botánico está para usarlo. Y si tanto problema tienen no sé qué hacen que no llevan encadenados en la puerta pues se llevan celebrando fiestas, bodas y saraos varios en aquel lugar desde hace muchísimo tiempo. Y no pasa nada -salvo el camión que se fue escaleras para abajo-. Pero no murió nadie. Y todo sigue igual.

Es hora de ser felices y, más allá del gusto de cada uno, entender que no pasa absolutamente nada por plantear montar allí una historia por Pascua. ¿Qué pretenden ustedes que lleve una actividad navideña en un jardín? ¿Unos jóvenes vestidos de jipis jugando al diabolo? ¿Ponemos unos talleres de expresión corporal impartidos por vuestros colegones okupas de calle Nosquera? No os viene nada bien. Si se monta un belén, malo. Si se montan cosas de navidad normales con luces, malo. Si se limpia el río para que no haya tantas ratas, malo.

Es un poco cansino y poco efectivo. Porque para lo importante -La Mundial-, no se consiguió nada de nada. Pero duro ahí. A por la defensa de la garcilla. El garcillo. Y los garcilles.

Viva Málaga.