Septiembre es mes de decisiones; de principio y fin; de muerte y renacimiento; de pungente pellizco intercostal que despierta y jalea a la ansiedad y la azuza para que enjaule a las almas que ya no podrán ganarse el pan con el sudor de su frente. Septiembre tanto significa retomar el trabajo, como retomar el paro. Por cierto, trabajo no significa sudor. El que lo dictó o los que lo escribieron, o todos, habrían tomado una decisión más lúcida si hubieran optado por expresar el castigo divino como «te ganarás el pan con la ansiedad y la zozobra, y con la angustia y la tribulación que corroerán tu alma».

Puestos a definir aquel castigo divino, mejor habría sido no andar con dobleces. La metáfora del sudor no fue una buena idea, ¿o es que, acaso, no hay esforzados sudores que contribuyen plenamente a mejorar la salud y sudores más que gustosamente satisfactorios que responden al mandato divino de crecer y multiplicarnos? Sin embargo, la desazón, la desesperanza, la incertidumbre, el desasosiego... en todas sus vertientes, despersonalizan y matan en la salud y la enfermedad, y en la vigilia y la ensoñación, sin distingos.

Como cada año, septiembre ha prendido sus luces para todo quisque y, con ellas, renacidas, como cada año, también ha prendido las pocas luces de las voluntariosas intenciones bocazas de la baja política. Septiembre es el pistoletazo de salida a la sinrazón tácticamente razonada de la irracionalidad politizada. Cada septiembre me evoca a Manuel Hazaña, no por sus hazañosas estrategias, que no lo fueron, sino por su verbo hazañero y por su pluma brillante, y, sobre todo, por la hazaña de su sinceridad preclara:

–«De la política, lo que me interesa es mandar» –dijo.

–¡¿Alguien da más...?!

Francamente, duele escribirlo, pero no hay tu tía, como quizá dijera Manuel Fraga en este trance. La superchería de los disfraces de la pseudopolítica errante de nuestra era impide la transparencia, no sea que los orondos plumeros de los que gobiernan y gobernaron, y los de los llamados a sucederlos cada vez, queden expuestos al pairo de la mirada clara del respetable.

Septiembre, últimamente, es como un enero en mangas cortas: un mes intencional, deliberado, propositivo, voluntarioso..., pero, sobre todo, un mes cuesta arriba. El decálogo de la esperanza del ciudadano de a pie habla de aprender inglés, de perder peso, de gimnasio, de psicólogo, de vade retro nicotina, maría, alcohol, bingo, picardías... y malos rollos. Algunos nefelibatas hasta nos atrevemos a incluir en nuestra listilla la nimiedad esperanzada de que el ser humano reaprenda a ponerse íntimamente de acuerdo consigo mismo. Gente nada de fiar, los nefelibatas...

Por su parte, el decálogo de la esperanza de los ciudadanos que viven de la política, que es un decálogo ácrono, habla de la santa cruzada de derrocar a la tribu en el poder, independientemente de que estuviera haciéndolo perita de bien. Y, ello, siempre, mediante el sacrosanto ardid de deslumbrar al ciudadano de a pie mirificando las brillantes ideas que nunca tuvieron y nunca tendrán, mientras el sufriente ciudadano de a pie, ya despeado y exangüe, insiste en escalar la empinada cuesta de los repechos septembrinos. Es decir, a todas luces, la denominada falacia lógica de pretender convertir en verdad las mentiras, a base de repetirlas como patrioteros mantras de la salvación. Sencillamente, ad nauseam.

Como recibidor del otoño, septiembre a veces actúa como el particular sabio de cada cual y nos desvela que la indecisión es la más feroz enemiga de la oportunidad y que el miedo es el más ensañado enemigo de las decisiones sabias. De hecho, indefectiblemente, cuando el miedo comparece le arrebata el sitio a la esperanza y, calladamente, le roba la voz y el voto a la sabiduría.

En este sentido, recuerdo una vez en la que alguien forjado en una alongada trayectoria pública a nivel nacional, de la que ya venía de vuelta, me descerrajó una pregunta peligrosamente directa a quemarropa:

–Juan Antonio, si tuvieras que elegir un solo adjetivo para definirme, ¿cuál sería? – me preguntó.

–Indeciso – le contesté.

–Pues no, no estoy de acuerdo contigo. Bueno, verás..., la verdad es que durante muchos años sí lo fui, pero ahora no estoy seguro de ello...

Qué jodidos son los miedos y qué jodida la silente obligación de disfrazarnos de prójimo para sentirnos integrados en la tribu.

¿O no es así...?