Para el pájaro, su jaula es el mundo. Para mí, el Taj Mahal es sólo un restaurante. Me siento un turista cuando bajo a comprar el pan, tal es mi capacidad de asombro. Me emboban las personas, son arquitecturas desconcertantes. Recogen la caca de sus perros con sus propias manos. Si se les han acabado las bolsas, utilizan cualquier papel que encuentren en el suelo. Como viandante, les estoy agradecido. Una madre tiraba del brazo de su hijo, que lloraba sin consuelo y se sentaba como un burrito terco que no quisiera volver al campo. Los días y sus afanes. Toda gran historia arranca con un poquito de sofoco y bastante trivialidad. A veces la vida brilla exclusivamente porque se está consumiendo en un fuego inconsolable. Tenemos prisa por llegar a sitios donde nadie nos espera. Sólo los que beben litronas en el soportal de enfrente, con camiseta de tirantes, con bicicletas sin pegatinas a los pies, con un pequeño altavoz que dispara canciones sin estribillo, conocen los secretos de la inmortalidad. Su jaula no es de este mundo. Menudos pájaros. Queremos explicarlo todo pero apenas nos entendemos a nosotros mismos. Los adolescentes se besan en las esquinas. Los adolescentes a veces tienen cuarenta años. Del amor, como de las tortitas con nata, uno no se cansa nunca. Quiero salir a correr pero siempre hay una excusa. Para los besos, sin embargo, nos sobran los argumentos. La vida, en fin, está en este bullir, aunque no siempre es refugio lo cotidiano, y el mundo se retuerce, y pasa lo que pasa: tenemos que opinar sobre la película.

En Twitter -desconcertante, como todo lo humano- nos ponemos dignos; cualquier tema nos vale. El gesto ha sustituido a la reflexión, una ilustración hecha con prisa nos ahorra un sinfín de hermosas dudas. La última: Parece que un joven prostituto enamorado inventó un relato terrible para no decepcionar a su pareja. Su ficción fue utilizada sin mesura. Su mentira es grande, claro, pero no lo es tanto como para oscurecer un buen puñado de verdades y tragedias precedentes. Ahora eso parece lo de menos. Las disculpas, como los haikus, deberían ser breves y sentidas. A veces escucho disculpas que prácticamente me obligan a disculparme a mí por exigirlas. Es un tema delicado este y, como tal, hay que tratarlo con total desvergüenza y arrojo. Yo estoy cansado de que los temas delicados sólo deban tratarse con precisión de orfebre e instrumental diamantino. Si alguien te advierte de que el tema es sensible, te está pidiendo elegantemente que te calles. Callarse es una opción que valoro, como valoro los pantalones con bolsillos en la pernera, los cabeceros de polipiel o el Cross Fit. «Sólo una vida erótica sana puede salvar a los jóvenes del deporte», escribió Óscar Wilde. Al final todo queda en que siempre quieren hablar los mismos. Marcar el ritmo con su tamborcito. Arrebatarnos hasta las cavilaciones.

Orinar en la ducha, robarle las patatas fritas a tu hijo, sujetar un poco la fruta para abaratar su precio cuando la pesas en el supermercado, hacerte el loco si el error del camarero en el cambio te beneficia, desordenar despreocupadamente la ropa en el H&M, hacer como que has leído libros que ni siquiera has abierto: Cosas que pasan, suaves maldades. La falta de honestidad, el uso torticero del dolor ajeno, la búsqueda constante de los aplausos fofos, la pereza y el repiqueteo insidioso y la afectada declamación y todos esos argumentos instantáneos, perecederos, frágiles: Eso no son cosas que pasan, eso son cosas que se eligen y que marcan y que nos perseguirán allá donde vayamos. Ya sea como militantes, como compañeros de desayuno, como panaderos, como periodistas, como jueces o como tuiteros rasos. Ruido. Decir lo que uno piensa es maravilloso, sin matices. Decir lo que los demás esperan que uno diga es una libertad perversa. Que todo un país, y sus representantes políticos, riña sacudido por la mentira de un veinteañero, me acongoja. Aunque también siento aflicción cuando me sirven las croquetas en platos de pizarra y la caña de cerveza en copa de vino, y me aguanto. Yo qué sé. A lo mejor madurar es convivir con esta punzante sensación de no entender absolutamente nada.

El mejor restaurante chino siempre es el que tenemos más cerca. La mejor contestación en una discusión siempre es la que se nos ocurre en la ducha cuando la discusión hace horas que terminó. Tu libro favorito es aquel que jamás te devolvieron. Para compensar: mañana estaremos a otra cosa. Nunca el mundo es tan bello como visto a toro pasado. Qué grandes discursos sobre las cenizas de lo ya ardió. La diferencia entre el pájaro y nosotros es que, más que nos pese, con apenas un girito de la muñeca podríamos abrir la puerta. «¿Merece la pena?», pensamos meciéndonos en el columpio. Abandonar el refugio de la rutina, no contestar lo primero que se nos pase por la cabeza, ahogarnos en contradicción. Quizá sea importante ese pasito hacia delante para darle sentido a todo esto. Para tener una idea, también emocional, de lo que nos está ocurriendo. Para mejorar como sociedad, disculpadme la candidez. Ya no habitamos la realidad; habitamos la actualidad, que es cosa diferente. Qué indolente escenario. A veces me dan ganas de hundir la cabeza de este país en las aguas del Leteo, conmigo el primero. Y crecer como las camelias, tan agraciadas, pero tan poquito a poco. Como normal general, y ante cualquier noticia que me interpele, pienso: «Si la respuesta me parece sencilla, es que no he entendido bien la pregunta».