Ni que decir tiene que cada escalón de la historia cuenta con su particular vara de medir y que una de las primeras enseñanzas que reciben los infantes es el manejo del sistema métrico. Medir no deja de parecerse a aquello de darle a cada uno lo suyo, tal y como refería Ulpiano en el tercero de sus tria iuris praecepta. Y es que la fiscalización, la auditoría, el control a ojos de un tercero es, en definitiva, nos guste o no, lo que nos otorga en la mayoría de ocasiones el pase de gracia para disfrutar del siguiente ciclo vital.

Así, la puesta en marcha de las grandes decisiones que marcarán nuestros días precisará, como digo, de la aquiescencia de otros para ver la luz verde: un visto bueno que, en condiciones de igualdad, toma forma en el «sí quiero» de la vida en pareja o, más jerárquicamente, en el «apto» con el que el mundo de lo académico condiciona la expedición del título que precisamos para poder ejercer nuestra legítima profesión.

En el marco de la Filosofía del Derecho, las discusiones han ido circundando el último tramo de la historia en torno a si las sociedades precisan mucho Derecho, poco Derecho o un Derecho mejor. Que el Estado cuantifique y controle cada rincón vital de lo que podemos o no podemos hacer se alza como el frente opuesto a la opción de la ausencia total de regulación en lo que vienen a ser dos extremos terribles: unos extremos que, según qué territorios y épocas, han estado presentes, están presentes y lo seguirán estando.

Hoy por hoy, el confinamiento bien ha podido recordarnos lo que era aquello de ser mayores de edad desde el concepto de ciudadanía y que, sin embargo, se nos limite nuestra libertad deambulatoria con perímetros de seguridad y paréntesis horarios en los que se nos impide salir de casa. Pero, con todo, de una manera u otra, siempre seguiremos siendo objeto de la vara de medir: se nos mide por estatura, por peso, por tramos de renta, por títulos académicos, por trienios, quinquenios y sexenios, por el número de hijos o por títulos publicados en lo que viene a ser un horizonte infinito de posibilidades para categorizar a la persona, sus posibilidades y su posición social. Tan es así que, en los últimos tiempos, y a pesar de la reticencia inicial que uno pueda sentir frente a la continua fiscalización, hemos pasado, quizá sin darnos apenas cuenta, a un sistema de control de calidades que ha superado los linderos de lo institucional para asentarse en otra suerte de control civil que la ciudadanía esgrime desde la libertaria tiranía de las redes sociales.

Vivimos tiempos en los que una editorial jamás publicaría una tirada de poemas mediocre o una narración de escaso valor literario salvo que, eso sí, el autor cuente con cien mil seguidores en Facebook o Instagram. Señores, «estos son mis poderes», que diría el cardenal Cisneros. Así, en estos días insólitos en los que vale más un comentario en Tripadvisor que una estrella Michelín, el gran ojo social que todo lo ve y al que hemos abierto las puertas de nuestra intimidad más profunda marcará tendencia en nosotros mismos al modular con más o menos likes nuestro fondo de armario, nuestra gastronomía, nuestro peinado o nuestras vacaciones. Tantos me gustas, tanto vales: es el canto de la época. Un canto de sirenas tan voluble y efímero como las semillas del diente de león; un patrimonio tan inestable que, cuando la vida real dice de imponerse, se alza como la mayor manifestación de lo que viene a ser el pan para hoy y el hambre para mañana; unos criterios de ponderación social tan fluctuantes que nos hacen olvidar la hondura y significación del «tanto eres cuanto eres ante Dios, y nada más».

Porque queda, sin más, lo que realmente somos frente al espejo: un círculo íntimo que, por suerte o por desgracia, resulta infranqueable para la legítima o ilegítima opinión de lo público. Una opinión que, en multitud de ocasiones, emerge ajena a toda bondad para configurarse como un monstruo terrible y dominador, un monstruo sonriente y con absoluta potencialidad para encadenar tus días mientras te susurra al oído si le gustas, le encantas, le enfadas, le diviertes, le asombras o le entristeces.