Todos deberíamos ser montañeros al menos una vez en la vida. La práctica moderada del senderismo hasta alcanzar las más altas cumbres de nuestro entorno te convierte en excepcional testigo de lo minúsculo y frágil que eres. Me cuesta creer en la figura de un pirómano cuyo corazón haya quedado marcado por este tipo de experiencias. Aunque en los tiempos que corren, hasta habrá alguno con este perfil.

Llora septiembre al crepitar de Sierra Bermeja. Casi 3.000 vecinos desalojados de algunos de los pueblos más bellos de nuestra provincia. Arde el Valle del Genal, ese otro sitio de mi recreo, y no quedan lágrimas. ¿Por qué ahora, por qué así? Dicen que mañana volverá la lluvia. Que así sea.

Soñábamos con cerrar un verano sin incendios de consideración frente a un periodo de sequía que ha secado hasta sus límites los embalses de la provincia (especialmente el de mayor capacidad, en La Viñuela axárquica). Somos pequeños e insignificantes de uno en uno, si nos hacemos un selfie con gran angular delante del manto verde y a más de 1.000 metros de altitud. Pero nos convertimos en dioses paganos en un abrir y cerrar de ojos.

Varios focos en el origen hacen sospechar lo peor. Que la mano del hombre ha vuelto a jugar a la ruleta, con altas temperaturas, vientos cambiantes y cambio climático mediante, para destrozar en días una tajada enorme de lo que tardó milenios en hacer único e intransferible al auténtico corazón de esa Málaga despoblada.

Por el camino una vida humana, la de un incansable empleado público de los que por cientos han acudido al auxilio de una comarca que también quedará marcada, en este trágico 2021, por este interminable incendio. Llora también septiembre por su vida. Y se para el tiempo en un fin de semana que estaba marcado por el punto y aparte en no pocos ámbitos de lo cotidiano.

El primero, el vigésimo aniversario de los atentados del 11-S, que tantas costumbres nos obligaron a cambiar. Llegó además el primer finde para un curso escolar que estará marcado por la vacunación frente al Covid-19. Unos días que representan el regreso del fútbol en Primera, tras los compromisos internacionales, los últimos amistosos de pretemporada para los equipos que integran la Liga Endesa de baloncesto (vuelve en unos días la competición regular) y las primeras sesiones de entrenamiento para tantos y tantos deportistas.

Todo queda en un muy segundo plano. Hasta estas líneas llamadas a recoger parte de lo que ha deparado la actualidad deportiva dentro o fuera de nuestra provincia. Porque el drama de esas voraces lenguas de fuego, avanzando sin pausa hacia la capital rondeña, nos deja sin parte de lo que somos. Siempre miramos a la Serranía, a Sierra Bermeja o al recién declarado Parque Nacional Sierra de las Nieves si de respirar aire puro se trata.

Y ahora la inmensa nube de ceniza nos recuerda que no somos nadie. Que cada vez somos más insignificantes. Porque nuestra mano, que mece la cuna, anda entretenida en otras cosas supuestamente de primera necesidad. Hemos olvidado durante décadas mirar al monte. Y el monte no entiende de pandemias ni de efecto invernadero. Se cobra ahogándonos lo que le hemos arrebatado.

Qué son diez años, veinte. Un abrir y cerrar de ojos en la vida entera de esos bosques. Es lo que hemos tardado en degradar lo que heredamos a modo de préstamo. Cambiar el rumbo pronto no estará en nuestras manos. Ni siquiera en la de los dioses a los que en Senegal dirigen sus plegarias las familias de Hassan y Francisco. Ambos son hermanastros y representan la pluralidad en el mar de plásticos de la Axarquía más oriental. Uno cristiano y otro musulmán, supervivientes de Lampedusa y muy conscientes de este «apocalipsis» que nos ha tocado vivir.