Tengo la sensación de que el mundo se ha disparatado, de que ya nada está en su sitio ni a salvo, como si la actualidad fuera un tornado y estuviera todo girando y ya no hubiera forma de señalar, explicar o entender nada con precisión. Será por eso que últimamente creo ver excepciones que no confirman, sino que configuran la norma, noticias que van por delante de lo que sucede y no por adelantarse, más bien por llevarnos a empujones, parece que lo trivial regenta el imperio de lo importante y que lo relevante va dando tumbos por los barrios de lo anecdótico sin encontrarse con nadie.

Me da la sensación de que a los grandes problemas ya no se les busca solución sino nuevas preocupaciones más pequeñas con que enterrarlos, montañas con trajes de arena, desiertos de desencanto, desde lo más profundo sigue planteando el problema su discurso, pero se traba, con graba en la garganta, se vuelve un balbuceo de gárgaras ininteligibles, y toma la voz la nimiedad desde la cima de otra importancia haciéndose profeta sobre la misma tierra que dispersa y nos ciega.

Tengo la extraña sensación de que el pasado nos adelanta, de que el futuro nos queda a la espalda, de que sometidos a esta inmediata espiral del presente en el que todo da vueltas descolocado y nada encuentra su sitio, de que cada nuevo paso termina en disparate o patada, no se avanza en el aire, y no hay donde agarrarse y a la vez todos más firmes que nunca sin moverse ni un milímetro, como si no pasara lo que está pasando, como si todo fuera como siempre, como antes, pero ahora.

Como si tuviera sentido el sinsentido, como si fuera una razón más el estar equivocados. Como si fuera sólo humo toda esa humareda y no la clara señal del gigantesco incendio que nos acecha.